Acto 1
Siendo yo una cliente enamorada de mi banco y sus servicios, muy contenta de utilizar una app móvil ligera y funcional -aunque con algunos detalles-, un día me topé con la triste noticia de que la actualización de la app pesaba tres veces más que la aplicación original.
Después de borrar algunas otras aplicaciones de mi celular para poder descargar la nueva versión, resultó que simplemente no podía acceder al servicio, pues no reconocía mis credenciales de autenticación (las mismas que venía usando desde hace más de un año).
Hice varias llamadas infructuosas a la línea de atención a clientes que terminaron en otra visita, por demás inútil, en la sucursal bancaria, donde no tenían idea de por qué no podía usar la app y terminaron por sugerir que cambiara de modelo de celular para poder usar su aplicación. Decidí eliminar la app de mi teléfono y quedarme solamente con la banca en línea.
Cabe mencionar que en las llamadas a la línea de soporte me indicaban que mi número celular no estaba vinculado a mi cuenta, siendo que yo tenía instalada la app móvil y además recibía notificaciones a mi celular después de cada compra o cargo que se hacía a mi cuenta.
Claramente no existía una unificación de la información entre bases de datos de servicios distintos...
Acto 2
Casi al mismo tiempo que el incidente de la aplicación móvil, el banco liberó una nueva versión de su sitio web y al hacerlo, de un día para otro yo ya no podía entrar a mi banca en línea, pues el nuevo sistema no reconocía mis credenciales de acceso, mismas que había utilizado sin problemas el día anterior, y que venía utilizando desde hacía más de 4 años sin incidentes.
Desde la línea de atención telefónica me indicaron que entrara usando una opción medio oculta, que me daba la posibilidad de entrar "usando mi banca en línea anterior".
El problema se solucionó pero sabía que sería temporal. Tarde o temprano, ese acceso alterno sería eliminado...
Acto 3
El temido día llegó el 12 de agosto. Igual que con las actualizaciones de sistema anterior, de un día para otro me quedé sin poder acceder a mi banca en línea. El acceso que yo usaba fue descontinuado y el nuevo sistema no reconoció mis credenciales.
Es como si uno trabajara en un edificio durante años, un día lo remodelan y resulta que el nuevo sistema de acceso no reconoce los gafetes viejitos, entonces le piden a la gente que use otra puerta para entrar al edificio. A desgano, la gente lo hace. Finalmente tienen acceso a las instalaciones que es lo que importa. Un día, sin embargo, se topan con que la puerta está cerrada y un aviso pegado en la puerta les indica que deben acceder ahora por la entrada principal, pero al llegar ahí, el sistema no reconoce sus gafetes y se les niega el acceso una y otra vez, como si no pertenecieran a dicha institución, como si nunca hubieran trabajado ahí. Algunos oficiales se acercan y les dicen que tal vez están usando mal el gafete, que lo están colocando al revés, que vayan a la oficina de Recursos Humanos a que les cambien el gafete. Pero nada. Aún con todo y gafete nuevo, no consiguen entrar al edificio.
Algo así me pasó. Llamada tras llamada a la línea de atención telefónica, los operadores me trataban como si la culpa fuera mía, como si yo hubiera olvidado mi contraseña o la estuviera escribiendo mal. Me dijeron que debía resetearla, cosa que hice, pero ni así conseguí entrar.
La solución, me dijeron, era ir a la sucursal a que dieran de baja mi usuario y me asignaran uno nuevo... Adiós a los beneficios de la movilidad y las transferencias electrónicas, bienvenido el retroceso y las visitas a la sucursal, como antaño.
Nuevamente, me queda claro que tienen un fuerte problema de integración de información entre sus bases de datos.
Acto 4
La sucursal cercana a la casa donde ahora vivo simplemente no pudo resolver mi problema. Me indicaron que tenía que asistir a mi sucursal de origen (que ahora me queda a una hora de distancia, sin tráfico). Osea, ¿no se supone que la información debería estar centralizada para que puedan acceder a ella desde cualquier sucursal? ¿Tanta actualización de sus sistemas y su sitio web para que resulte que tengo que recorrer 20 kilómetros para que me atiendan en la sucursal donde abrí mi cuenta por un tema de cambio de usuario?
Como sea, no me quedó de otra. Fui a la sucursal de origen donde resultó que para cambiar mi usuario y contraseña, tenían que dar de baja por completo mi servicio de banca en línea -perdiendo todas mis configuraciones, cuentas dadas de alta, etc. Y al volver a darlo de alta, me cobraron $250 por el nuevo token (les recuerdo que ya no uso la app móvil), cosa que me molestó pues el problema de accesos no fue mi culpa, sino del banco. Pero necesitaba acceder a mi banca en línea y no me quedó de otra que aceptar. Se me indicó que revisara mi correo electrónico para confirmar la clave de acceso que me enviaron y terminar el proceso de registro. En cuanto regresé a mi casa hice lo que me indicó el correo, sincronicé mi nuevo token, creé una nueva contraseña y recibí una confirmación de que ya podía acceder a mi banca en línea.
Emocionada, procedí a intentarlo, solo para darme cuenta de que tan pronto tecleo mi usuario y contraseña el sistema me arroja nuevamente que mis datos de acceso son incorrectos...
Frustrada, intenté lo que no quería hacer. Borré todo el caché, todas las contraseñas de mis navegadores, reinicié la computadora, intenté acceder desde un navegador que nunca uso para la banca electrónica tratando de garantizar que realmente se realizara un acceso limpio, desde ceros, con nuevas credenciales... todo en vano. Nuevamente me apareció el mensaje de que mis datos de acceso son incorrectos.
Y para quienes estén pensando que es algo del token físico, que debería usar el del celular, déjenme pararlos en seco: el proceso me frena al colocar el usuario y luego la contraseña, ni siquiera me solicita el código del token. Simplemente no hay esa opción.
Así llegó el último día de mes y yo con la urgencia de realizar pagos. No me quedó de otra que regresar algunos años en el tiempo y sacar dinero de los cajeros para luego depositarlo en ventanilla.
Acto 5
Frustrada, enojada y estresada traté de aprovechar la opción de realizar transferencias y pagar mi tarjeta de crédito desde el cajero ATM. Pero ¡oh, sorpresa! Resulta que hay un límite para la cantidad que se puede transferir, así que si uno tiene que pagar, por ejemplo, una renta mayor de $4,500 pesos, olvídenlo, no pueden hacerlo desde el cajero.
Tampoco pude pagar más de $4,500 a la tarjeta de crédito. Yo tengo ya la costumbre de usar la tarjeta para todas mis compras y liquidarla a fin de mes. Pero eso es algo que nomás no puedo hacer desde el ATM.
Intenté luego sacar dinero para realizar otros pagos que tenía que hacer, pero el cajero ya no me permitió sacar la cantidad que necesitaba. Vamos, no pude sacar ni tres mil pesos.
No me quedó más que formarme en ventanilla para sacar dinero y pagar mi tarjeta ahí mismo.
Cabe mencionar que los cajeros ATM tampoco permiten realizar transferencias o pago de tarjetas si no tiene papelito para entregar el comprobante de la transacción.
Una experiencia verdaderamente frustrante en una era en la que la gente depende de la tecnología para evitar las visitas a la sucursal.
Pero en mi caso, mi banco me ha llevado en retroceso, desde realizar casi todas mis operaciones en la app móvil a tener que acudir a la ventanilla para sacar dinero y luego tener que realizar pagos y depósitos en otros establecimientos porque simplemente no puedo hacer transferencias electrónicas.
El nombre del banco es Banorte. Y estoy segura que muchos clientes comparten experiencias similares.
Estoy harta, se me acabó la paciencia y la tolerancia. Simplemente no hubo una atención adecuada, por ninguno de los canales se resolvieron mis problemas y, al contrario, me complicaron la vida llevándome de regreso a los tiempos en los que todo se resolvía físicamente en las sucursales.
Te odio Banorte. Felicidades, hoy perdiste un cliente. (Publicado originalmente el 31 de agosto en mi muro de Facebook.)
Epílogo
El 11 de septiembre intenté descargar la app móvil en un nuevo celular que recién me compré. Fui a la sucursal cercana y una señorita muy amable me explicó que no tenía sentido activar la app móvil, pues para ello tendría que dar de baja mi servicio en línea y dar de alta el servicio vía la aplicación. Y, para dar de baja el servicio, tengo que ir a mi sucursal de origen...
Revisando el sistema, ella se percató de que el token no se activó correctamente (a pesar de que yo había recibido un mail de confirmación de activación de la banca por internet), por lo que procedió a activarlo en ese momento. Sin embargo, cuando intentamos acceder a mi cuenta, con la contraseña recién configurada en el sistema, nuevamente salió el mensaje de error.
La señorita me sugirió tratar de acceder desde el sitio web en mi celular. Al intentarlo, primero me topé con que acceder al sitio web de Banorte usando Chrome en Android es hiper lento. Finalmente opté por usar el navegador simple de mi celular, desde donde pude abrir la página, solo para encontrar que la versión web para los dispositivos móviles no permite el acceso a banca en línea. La opción simplemente no existe. Solo aparece una ventana instando al usuario a descargar la app móvil.
En este momento ya no me quedan más que dos últimos cartuchos:
1.- Llamar a Banortel para ver, una vez más, si hay algo que puedan hacer para permitirme el acceso a mi servicio de banca en línea, recién re-contratado el 30 de agosto. (Tendré que tomar todo un frasco de Pasiflora antes de llamar, para no reaccionar irritada cuando me traten como estúpida por no poder entrar a mi banca en línea por que sus sistemas no reconocen mis credenciales...)
2.- Si lo anterior no funciona, no tiene caso conservar el servicio de banca en línea. Tendré que ir a darlo de baja a la sucursal donde vivía antes. Y como último recurso, después de eso, descargar la app móvil y activar el servicio, a ver si al menos puedo tener visibilidad de mis gastos en mi cuenta corriente y la tarjeta de crédito.
Honestamente, mi decisión está tomada. Ya estoy evaluando opciones en otros bancos. No puedo quedarme con un banco que no me ofrece un servicio positivo por ningún canal (salvo la honrosa excepción de la señorita Anayeli, de la sucursal Zona Azul). Pero mientras tenga dinero en mi cuenta y una tarjeta de crédito Banorte, me interesa por lo menos tener acceso a un servicio en línea que me permita visualizar mis gastos y el saldo en mis cuentas.
Qué triste, Banorte. Qué decepcionante. Nomás no hallé el canal ni la solución a mi problema. Y estoy segura de que, como yo, hay muchos más...
Actualización. 26 de septiembre. Siete llamadas a Banortel intentando hablar con un agente de servicio al cliente. En cada llamada, el sistema se desconectó después de que tecleé mi número de cuenta o el número de mi plástico. Eso sí, me daba el mensaje "Gracias por preferir Banorte" justo antes de colgar la llamada. Así nomás. Hasta parece mentada de madre, neta. Simplemente no hubo forma de enlazar la llamada con un operador, intenté con varias opciones pero siempre pide teclear el número de cliente o plástico, y una vez que lo hacía me salía ese mensaje y me colgaba.
Neto, gracias Banorte por no poder resolver las necesidades de tus clientes. Como diría mi mamá: "en vista del éxito no obtenido" no me queda más que ir a la sucursal para cancelar definitivamente el servicio de banorte en línea y ver si, como última y definitiva carta, es posible activar la app en el celular. No hay de otra :(
La revoltura de ideas, emociones y sentimientos de alguien que vive, eternamente, con los pies en la tierra pero la cabeza en las nubes...
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Monday, September 17, 2018
Tuesday, August 09, 2016
Una historia prestada
La conocí en Coyoacán hace un par de domingos. Menudita, delgadita, entrada en años, sola; con una mirada triste y ansiosa. Algo en su actitud me invitó a hablarle. Y ella me respondió. Y abrió su corazón y me dejó ver su vida de manera fugaz.
De no ser porque me contó todo a contra reloj, en menos de una hora, ésta sería una historia desgarradora. Y lo es, para ella. Pero yo sólo alcancé a asomarme un poco en sus recuerdos, que me llegaban en desorden, como una ráfaga. Tan pronto me despedí de ella aquella tarde tuve que grabar las notas de todo lo que me contó, para no olvidar nada y poder escribirlo después.
Ella me dio su consentimiento para poner por escrito lo que se atrevió a contarle a una extraña que resultó ser periodista y escritora. Yo he retomado los fragmentos de nuestra conversación para escribir una narración cronológica, con coherencia, de manera que el texto a continuación no es una transcripción fidedigna de nuestra charla.
Cabe aclarar también que lo que escribiré es lo que ella me contó. Tal vez hay detalles incongruentes, tal vez algo no suene cierto. No es mi intención redactar un documental con una investigación a detalle de la historia de esta mujer, sólo quiero plasmar lo que ella compartió conmigo mientras comíamos, casualmente, un domingo por la tarde. Ella tal vez pudo falsear algo de lo que me contó, pero yo no estoy agregando nada de mi cosecha. Lo transmito aquí tal cual lo recibí de ella...
Se llama María Servin, tiene casi 78 años (nació en 1938) y vive en el barrio de Santo Domingo, en Coyoacán. Mide alrededor de 1.50 mts. y es muy delgada.
Por azares del destino me quedé comiendo sola en el mercado de Coyoacán. Aún no terminaba mi arroz con plátano macho en ese local de mariscos cuando la vi, parada a un par de sillas de donde yo estaba, indecisa...
Le sonreí y le dije que el asiento a mi lado estaba desocupado, por si quería sentarse. Me respondió que primero quería preguntar cuánto costaba un cóctel de camarones chico, pues no sabía si le alcanzaba.
Algo me movió a hacerle la invitación. Le dije que si se sentaba a platicar conmigo yo le pagaría el cóctel. Un poco mortificada (pero seguramente hambrienta), aceptó. Nunca imaginé el torrente de palabras que saldrían de esa pequeña mujer...
Le expliqué que yo quise mucho a mi abuelita, que falleció hace unos años y a quien extraño mucho, y por ello tal vez me siento movida a ayudar a la gente mayor.
Un par de preguntas y empezó a platicarme sobre ella. Cada pedazo de conversación me daba pie a preguntarle más cosas y pronto me di cuenta de que estaba sentada junto a una mujer con una historia profunda, y con un gran anhelo de contársela a alguien.
Su madre la maltrataba desde pequeña, no la quería porque nació mujer, así que no la alimentaba bien y ella creció desnutrida. "Mi mamá se enojaba todo el tiempo conmigo, me pegaba y se me iba al cuello con intención de ahorcarme", cuenta.
Tuvo cinco hermanos varones que al parecer corrieron con mejor suerte que ella.
Ella, desde los siete años, trabajaba vendiendo chácharas y dulces en el mercado de Coyoacán. Y si no vendía todo, su mamá "la molía a palos".
La madre de María estaba separada de su padre, pero tenía un amante que la manoseaba así que ella se iba a esconder a una especie de cueva, u hoyo, cercano a su casa, hasta que descubrió que ahí había una víbora y ya no quiso volver a esconderse en ese lugar, pero no quería llegar a su casa cuando no estaba su mamá, por lo que perdía el tiempo por ahí hasta que la mamá regresaba, y entonces le pegaban por llegar tarde.
Cuando tenía doce años, su mamá la mandó con un señor a recoger unas cosas en un poblado rumbo a Veracruz, pero en el camino el señor la violó y la dejó ahí. En ese punto de la plática, se le quebró la voz y se le humedecieron los ojos; ella no ha olvidado el horror de la violación y le sigue doliendo hasta el llanto... Como pudo, caminó hacia unas vías de tren y un maquinista le ofreció traerla de vuelta a la Ciudad.
Producto de la violación quedó embarazada y tuvo una hija. En algún momento, la madre de María le dijo a esta niña que era fruto de una violación y la jovencita rechazó a María, y hasta la fecha se mantiene alejada de ella.
Antes de cumplir los 18, María se casó con un hombre mayor que ella, el cual durante muchos años la golpeó y no la procuró, ni le daba dinero para la manutención de los cuatro hijos que le engendró. Hace apenas unos años que ella se animó a enfrentar a su marido golpeador y lo amenazó: "si me pegas otra vez te voy a ahorcar mientras estés dormido", le dijo, pues él duerme profundamente, hasta perderse por completo. Tal vez a él le dio miedo que ella cumpliera su advertencia, o tal vez fue el efecto de la famosa frase: "el valiente vive hasta que el cobarde lo permite", pero a partir de ese momento el señor dejó de golpearla y no lo ha vuelto a hacer.
María ha trabajado casi toda su vida haciendo limpieza en las casas. En su último trabajo se cayó, se lastimó la clavícula y la señora que la contrataba no se quiso responsabilizar del gasto médico. Se quedó sin trabajo y con un hombro lastimado que ahora no le permite hacer las cosas como antes.
Me preguntó si yo podía darle trabajo. "Lo siento, no puedo. Ya tengo a una señora que me ayuda..." Casi me sentí mal por no poder contratarla, pero estoy muy contenta con el trabajo de la señora Gabriela y no necesito a otra persona.
María está sola. Casi no habla con sus hermanos, ni con su padre, ni con sus hijos; todo ellos viven fuera de la capital --en Jalapa, Tamaulipas, Estado de México, y por el Ajusco-- y casi no le llaman. En algún momento me confesó, de repente, que ya no quiere vivir...
Cuando terminamos de comer, salimos al jardín que está frente al mercado, donde los domingos se reúne la gente para bailar danzón y cha cha chá; la acompañé un par de canciones.
María (como la mayoría de la gente católica en México, y en particular los de bajos recursos económicos) cree en los santos; tiene una en particular a la que le reza y dice que le ha concedido milagros y ha respondido a sus peticiones. Yo le digo que yo le pido directamente a Dios, por medio de Jesucristo.
Bailamos como 15 minutos y nos despedimos. Me autorizó a escribir de todo lo que me contó.
Me quedo con una sensación amarga después de haberla conocido. De algún modo siento que al compartir su historia le hago un poco de justicia, pero no es así. Tan sólo le doy voz a una de las muchas voces mudas con historias semejantes en esta ciudad. María no debió de haber pasado tanto dolor, igual que muchas otras personas del país, del mundo...
De no ser porque me contó todo a contra reloj, en menos de una hora, ésta sería una historia desgarradora. Y lo es, para ella. Pero yo sólo alcancé a asomarme un poco en sus recuerdos, que me llegaban en desorden, como una ráfaga. Tan pronto me despedí de ella aquella tarde tuve que grabar las notas de todo lo que me contó, para no olvidar nada y poder escribirlo después.
Ella me dio su consentimiento para poner por escrito lo que se atrevió a contarle a una extraña que resultó ser periodista y escritora. Yo he retomado los fragmentos de nuestra conversación para escribir una narración cronológica, con coherencia, de manera que el texto a continuación no es una transcripción fidedigna de nuestra charla.
Cabe aclarar también que lo que escribiré es lo que ella me contó. Tal vez hay detalles incongruentes, tal vez algo no suene cierto. No es mi intención redactar un documental con una investigación a detalle de la historia de esta mujer, sólo quiero plasmar lo que ella compartió conmigo mientras comíamos, casualmente, un domingo por la tarde. Ella tal vez pudo falsear algo de lo que me contó, pero yo no estoy agregando nada de mi cosecha. Lo transmito aquí tal cual lo recibí de ella...
Se llama María Servin, tiene casi 78 años (nació en 1938) y vive en el barrio de Santo Domingo, en Coyoacán. Mide alrededor de 1.50 mts. y es muy delgada.
Por azares del destino me quedé comiendo sola en el mercado de Coyoacán. Aún no terminaba mi arroz con plátano macho en ese local de mariscos cuando la vi, parada a un par de sillas de donde yo estaba, indecisa...
Le sonreí y le dije que el asiento a mi lado estaba desocupado, por si quería sentarse. Me respondió que primero quería preguntar cuánto costaba un cóctel de camarones chico, pues no sabía si le alcanzaba.
Algo me movió a hacerle la invitación. Le dije que si se sentaba a platicar conmigo yo le pagaría el cóctel. Un poco mortificada (pero seguramente hambrienta), aceptó. Nunca imaginé el torrente de palabras que saldrían de esa pequeña mujer...
Le expliqué que yo quise mucho a mi abuelita, que falleció hace unos años y a quien extraño mucho, y por ello tal vez me siento movida a ayudar a la gente mayor.
Un par de preguntas y empezó a platicarme sobre ella. Cada pedazo de conversación me daba pie a preguntarle más cosas y pronto me di cuenta de que estaba sentada junto a una mujer con una historia profunda, y con un gran anhelo de contársela a alguien.
Su madre la maltrataba desde pequeña, no la quería porque nació mujer, así que no la alimentaba bien y ella creció desnutrida. "Mi mamá se enojaba todo el tiempo conmigo, me pegaba y se me iba al cuello con intención de ahorcarme", cuenta.
Tuvo cinco hermanos varones que al parecer corrieron con mejor suerte que ella.
Ella, desde los siete años, trabajaba vendiendo chácharas y dulces en el mercado de Coyoacán. Y si no vendía todo, su mamá "la molía a palos".
La madre de María estaba separada de su padre, pero tenía un amante que la manoseaba así que ella se iba a esconder a una especie de cueva, u hoyo, cercano a su casa, hasta que descubrió que ahí había una víbora y ya no quiso volver a esconderse en ese lugar, pero no quería llegar a su casa cuando no estaba su mamá, por lo que perdía el tiempo por ahí hasta que la mamá regresaba, y entonces le pegaban por llegar tarde.
Cuando tenía doce años, su mamá la mandó con un señor a recoger unas cosas en un poblado rumbo a Veracruz, pero en el camino el señor la violó y la dejó ahí. En ese punto de la plática, se le quebró la voz y se le humedecieron los ojos; ella no ha olvidado el horror de la violación y le sigue doliendo hasta el llanto... Como pudo, caminó hacia unas vías de tren y un maquinista le ofreció traerla de vuelta a la Ciudad.
Producto de la violación quedó embarazada y tuvo una hija. En algún momento, la madre de María le dijo a esta niña que era fruto de una violación y la jovencita rechazó a María, y hasta la fecha se mantiene alejada de ella.
Antes de cumplir los 18, María se casó con un hombre mayor que ella, el cual durante muchos años la golpeó y no la procuró, ni le daba dinero para la manutención de los cuatro hijos que le engendró. Hace apenas unos años que ella se animó a enfrentar a su marido golpeador y lo amenazó: "si me pegas otra vez te voy a ahorcar mientras estés dormido", le dijo, pues él duerme profundamente, hasta perderse por completo. Tal vez a él le dio miedo que ella cumpliera su advertencia, o tal vez fue el efecto de la famosa frase: "el valiente vive hasta que el cobarde lo permite", pero a partir de ese momento el señor dejó de golpearla y no lo ha vuelto a hacer.
María ha trabajado casi toda su vida haciendo limpieza en las casas. En su último trabajo se cayó, se lastimó la clavícula y la señora que la contrataba no se quiso responsabilizar del gasto médico. Se quedó sin trabajo y con un hombro lastimado que ahora no le permite hacer las cosas como antes.
Me preguntó si yo podía darle trabajo. "Lo siento, no puedo. Ya tengo a una señora que me ayuda..." Casi me sentí mal por no poder contratarla, pero estoy muy contenta con el trabajo de la señora Gabriela y no necesito a otra persona.
María está sola. Casi no habla con sus hermanos, ni con su padre, ni con sus hijos; todo ellos viven fuera de la capital --en Jalapa, Tamaulipas, Estado de México, y por el Ajusco-- y casi no le llaman. En algún momento me confesó, de repente, que ya no quiere vivir...
Cuando terminamos de comer, salimos al jardín que está frente al mercado, donde los domingos se reúne la gente para bailar danzón y cha cha chá; la acompañé un par de canciones.
María (como la mayoría de la gente católica en México, y en particular los de bajos recursos económicos) cree en los santos; tiene una en particular a la que le reza y dice que le ha concedido milagros y ha respondido a sus peticiones. Yo le digo que yo le pido directamente a Dios, por medio de Jesucristo.
Bailamos como 15 minutos y nos despedimos. Me autorizó a escribir de todo lo que me contó.
Me quedo con una sensación amarga después de haberla conocido. De algún modo siento que al compartir su historia le hago un poco de justicia, pero no es así. Tan sólo le doy voz a una de las muchas voces mudas con historias semejantes en esta ciudad. María no debió de haber pasado tanto dolor, igual que muchas otras personas del país, del mundo...
Wednesday, December 30, 2015
Bitácora de mis vacaciones. Día 3.
Muy movido. Desde temprano. Que me lanzo a las oficinas del gas para ver por qué me lo cortaron y que me dicen que no fueron ellos, que revise mi calentador o mi llave de paso. Y sí, sí tengo gas en la estufa, pero el boiler nomás no prende. No prendió en todo el día. Tocó baño a jicarazos y no me hizo muy feliz el asunto :(
De la oficina del gas pasé al supermercado a comprar unas cosas para la cena de mañana (haré una ensalada y una carlota de moka, receta de mi mamá). Ya en casa, tuve que limpiar arena de los gatos, cambiarle el agua al pez y limpiar desorden de la perrita; todo eso mientras mi hija seguía dormida hasta pasadas las 2 pm porque anoche se desveló escribiendo sus historias hasta quién sabe qué hora.
Tres días ya, y aunque finalmente logré quitarme de la cabeza la ansiedad de revisar mi correo del trabajo a cada rato, empiezo a sentir que una semana siempre no será suficiente. Tres días que se me fueron como agua. Mañana de viaje para pasar el año nuevo con la familia de mi novio; el sábado hay compromiso con unos amigos, y de pronto me parece que el domingo está ya a la vuelta de la esquina...
Quise aprovechar la tarde viendo una peli de Netflix con mi hija, esperaba que fuera cómica, pero la verdad no me gustó. Es la de Ridiculous 6 de Adam Sandler. Dejó mucho qué desear, a mi gusto.
El guión no es sólido, los chistes son sosos, las actuaciones, acartonadas. Un desperdicio de presupuesto, aunque se juntaron a actores reconocidos: Nick Nolte, Rob Schneider (el eterno compañero de Sandler), Luke Wilson y el galancete Taylor Lautner, quien hace un papel de retrasado que no le crees de lo soso que resulta.
La última media hora de la película, mi hija y yo esperábamos ansiosamente que acabara, ya nomás por el hecho de saber en qué paraba todo. Tal vez por el simple hecho de no dejar cosas a medias. Y seguramente más por mí que por mi hija; a ella no le molesta tanto dejar cosas a medias, a mí sí: difícilmente dejo un libro o una película sin terminar, aunque no me guste.
Otra cosa que no me gusta, ya que estamos en estas confesiones, es dormir lejos de mi cama. Simplemente no descanso igual. No sé si sea la iluminación, los ruidos, el que ya me acostumbré a mi colchón o la inquietud de pensar en mis gatitos -y ahora, en la perrita-, pero no logro dormir bien en otro lado. Cuando salgo de viaje de trabajo siempre regreso bien cansada porque no logro descansar realmente, por muy lujoso que sea el hotel. Así que entre más días dure mi viaje, menos duermo yo...
Esto viene a colación solamente porque dado que el viernes regresaremos del viaje y el sábado hay compromiso con mis amigos, mi novio me propuso que nos quedemos a dormir en su casa, que queda relativamente más cerca de Tlanepantla. Pero no quiero, la idea de pasar noches innecesarias lejos de mi casa y de mi cama no me gusta... Y él se da cuenta, aunque no se si entienda mis motivos. Supongo que tengo que hablar de esto con él, así de: "no es tu casa, soy yo", jejeje.
En fin. Mañana será la celebración de año nuevo, y no escribiré nada sino hasta el viernes, ya empezando el 2016. Si me leen, les deseo de todo corazón que el año que viene sea mucho mejor, en todos los sentidos, y les mando un abrazo virtual.
PD: Escribo estas líneas al son de la lista de reproducción de los New Kids on the Block en Spotify, gracias a mi hija :)
De la oficina del gas pasé al supermercado a comprar unas cosas para la cena de mañana (haré una ensalada y una carlota de moka, receta de mi mamá). Ya en casa, tuve que limpiar arena de los gatos, cambiarle el agua al pez y limpiar desorden de la perrita; todo eso mientras mi hija seguía dormida hasta pasadas las 2 pm porque anoche se desveló escribiendo sus historias hasta quién sabe qué hora.
Tres días ya, y aunque finalmente logré quitarme de la cabeza la ansiedad de revisar mi correo del trabajo a cada rato, empiezo a sentir que una semana siempre no será suficiente. Tres días que se me fueron como agua. Mañana de viaje para pasar el año nuevo con la familia de mi novio; el sábado hay compromiso con unos amigos, y de pronto me parece que el domingo está ya a la vuelta de la esquina...
Quise aprovechar la tarde viendo una peli de Netflix con mi hija, esperaba que fuera cómica, pero la verdad no me gustó. Es la de Ridiculous 6 de Adam Sandler. Dejó mucho qué desear, a mi gusto.
El guión no es sólido, los chistes son sosos, las actuaciones, acartonadas. Un desperdicio de presupuesto, aunque se juntaron a actores reconocidos: Nick Nolte, Rob Schneider (el eterno compañero de Sandler), Luke Wilson y el galancete Taylor Lautner, quien hace un papel de retrasado que no le crees de lo soso que resulta.
La última media hora de la película, mi hija y yo esperábamos ansiosamente que acabara, ya nomás por el hecho de saber en qué paraba todo. Tal vez por el simple hecho de no dejar cosas a medias. Y seguramente más por mí que por mi hija; a ella no le molesta tanto dejar cosas a medias, a mí sí: difícilmente dejo un libro o una película sin terminar, aunque no me guste.
Otra cosa que no me gusta, ya que estamos en estas confesiones, es dormir lejos de mi cama. Simplemente no descanso igual. No sé si sea la iluminación, los ruidos, el que ya me acostumbré a mi colchón o la inquietud de pensar en mis gatitos -y ahora, en la perrita-, pero no logro dormir bien en otro lado. Cuando salgo de viaje de trabajo siempre regreso bien cansada porque no logro descansar realmente, por muy lujoso que sea el hotel. Así que entre más días dure mi viaje, menos duermo yo...
Esto viene a colación solamente porque dado que el viernes regresaremos del viaje y el sábado hay compromiso con mis amigos, mi novio me propuso que nos quedemos a dormir en su casa, que queda relativamente más cerca de Tlanepantla. Pero no quiero, la idea de pasar noches innecesarias lejos de mi casa y de mi cama no me gusta... Y él se da cuenta, aunque no se si entienda mis motivos. Supongo que tengo que hablar de esto con él, así de: "no es tu casa, soy yo", jejeje.
En fin. Mañana será la celebración de año nuevo, y no escribiré nada sino hasta el viernes, ya empezando el 2016. Si me leen, les deseo de todo corazón que el año que viene sea mucho mejor, en todos los sentidos, y les mando un abrazo virtual.
PD: Escribo estas líneas al son de la lista de reproducción de los New Kids on the Block en Spotify, gracias a mi hija :)
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Tuesday, December 29, 2015
Bitácora de mis vacaciones.Día 2.
Siempre he sido de la idea de que uno no debe ir por ahí divulgando lo que hace, y que a la gente normalmente no le interesa todo lo que hacemos, así que debo aclarar que el motivo para documentar -brevemente- lo que hago estas vacaciones es una imperiosa necesidad de escribir algo, de no apartarme del todo de la escritura ni la computadora... y escribir una reflexión al final de cada día de descanso me parece un buen pretexto para retomar mi blog.
Este día fue mucho más relajado, en realidad, con los elementos básicos que deben impregnar las vacaciones: me levanté tarde, almorcé tarde y en pijama, y pasé la tarde fuera con mi novio.
Sin embargo, una anécdota que vale la pena destacar es que, al mediodía, mi hija y yo salimos a pasear con la perrita, con toda la intención de cansarla para que al regresar a casa dejara en paz a mis pobres gatas.
Pues bien, al llegar al puente peatonal, la perrita sufrió tal ataque de ansiedad que tuve que cargarla para poder subir las escaleras. Creo que la idea de ver tantos huecos entre los escalones le causó inseguridad... y es que ¿quién no sintió miedo nunca de que se le vaya el pie por entre los escalones de los puentes? Yo sí lo he sentido, al menos cuando era niña.
Y tal cual, como si fuera una niña pequeña, para poder subir y bajar, tuve que cargar a la perrita, y se me abrazó como un bebé :P
Sí, sí, sí... ya sé. La estoy consintiendo mucho, y ella tiene que acostumbrarse a subir y bajar las escaleras, así que en el trayecto de regreso la hice bajar tras de mí. Pero de ida tenía que ayudarla a tomar confianza, era su primera vez subiendo un puente peatonal y, repito, a veces pueden ser bastante atemorizantes, ¿o no?
PD: Mi novio me dijo hoy que sí le gustaría tener un hijo conmigo. Y no, no es el día de los inocentes. Me ha dejado pensando muchas cosas que aún no estoy lista para escribir, así que eso será motivo de otro post... más adelante.
Este día fue mucho más relajado, en realidad, con los elementos básicos que deben impregnar las vacaciones: me levanté tarde, almorcé tarde y en pijama, y pasé la tarde fuera con mi novio.
Sin embargo, una anécdota que vale la pena destacar es que, al mediodía, mi hija y yo salimos a pasear con la perrita, con toda la intención de cansarla para que al regresar a casa dejara en paz a mis pobres gatas.
Pues bien, al llegar al puente peatonal, la perrita sufrió tal ataque de ansiedad que tuve que cargarla para poder subir las escaleras. Creo que la idea de ver tantos huecos entre los escalones le causó inseguridad... y es que ¿quién no sintió miedo nunca de que se le vaya el pie por entre los escalones de los puentes? Yo sí lo he sentido, al menos cuando era niña.
Y tal cual, como si fuera una niña pequeña, para poder subir y bajar, tuve que cargar a la perrita, y se me abrazó como un bebé :P
Sí, sí, sí... ya sé. La estoy consintiendo mucho, y ella tiene que acostumbrarse a subir y bajar las escaleras, así que en el trayecto de regreso la hice bajar tras de mí. Pero de ida tenía que ayudarla a tomar confianza, era su primera vez subiendo un puente peatonal y, repito, a veces pueden ser bastante atemorizantes, ¿o no?
PD: Mi novio me dijo hoy que sí le gustaría tener un hijo conmigo. Y no, no es el día de los inocentes. Me ha dejado pensando muchas cosas que aún no estoy lista para escribir, así que eso será motivo de otro post... más adelante.
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Monday, December 28, 2015
Bitácora de mis vacaciones. Día 1.
Pues bien, finalmente estoy gozando de unas merecidas vacaciones que hace tiempo no me tomaba. Nunca antes había necesitado tanto unas vacaciones como ahora, a pesar de lo mucho que disfruto mi trabajo. Es una bendición, pero también es bastante estresante. Sin embargo, ya era hora de un descanso.
Lo curioso es que en mis periodos vacacionales anteriores siempre he trabajado, de alguna forma. ya sea medio día, o un día sí y otro no, por lo que realmente no había tomado unas buenas vacaciones, así que esta mañana después de revisar rápidamente mis mails y comprobar que no había nada urgente, cerré la tableta y de pronto me invadió una extraña sensación de inquietud... ¿qué iba a hacer si no tenía que trabajar?
Por unos minutos me sentí como desorientada, como si no tuviera la más mínima idea de qué hacer con todas las horas vacías en mi agenda, sin la necesidad de sentarme a responder correos, hacer traducciones, revisar reportes, atender llamadas, escribir notas o cubrir eventos. Momentáneamente, en realidad no sabía qué iba a hacer con mi tiempo...
Pero después pensé en todo lo que puedo hacer estos días -además de levantarme tarde- y entonces me relajé y empecé verdaderamente a disfrutar mis vacaciones como Dios manda :)
Técnicamente, las vacaciones empezaron desde el jueves 24, cuando ya no tuve llamadas ni correos y pude prepararme para salir de viaje para pasar la Nochebuena con mi papá en Tequisquiapan. Al día siguiente seguimos hacia San Miguel de Allende -que estaba atestado de gente-, donde visitamos el Museo del juguete y la antigua casa de Ignacio Allende, ahora también museo.
Fue un viaje corto, algo cansado por la salud de mi suegra. Regresamos el sábado 26 por la tarde y el domingo tuve visitas en casa. Así que realmente no tuve oportunidad de descansar y disfrutar esa sensación de vacaciones hasta que ayer en la noche me acordé que hoy no tenía que trabajar.
Volviendo al día de hoy, después de levantarme tarde y permanecer en pijama hasta pasadas las 12 del día, me arreglé con calma y salí con mi hija rumbo al centro de la ciudad.
Ella quería comprar un comic, que no conseguimos. Yo quería un cargador nuevo para mi laptop, pues el anterior se echó a perder gracias a mis gatas y a mi nueva perrita :S
Después de un angustiante viaje en metro (para mi hija) y de la decepción por no encontrar su comic, comimos en el Café de Tacuba mientras yo le contaba a mi hija cuánto hablaba mi abuelita de ese lugar. Luego caminamos hacia Eje Central y de ahí a la Plaza de la tecnología, donde conseguí el cargador para mi laptop y compramos un antivirus para la compu de Vale. De camino a la Plaza, le hice de guía de turista mientras le señalaba Bellas Artes, la Alameda, el edificio de Correos, el Sanborn's de los azulejos, el Banco de México, el edificio de Sears y otras curiosidades locales.
Finalmente, volvimos a casa. En el trayecto de vuelta ella me preguntó varias cosas de tecnología sobre diversas plataformas, y me sentí orgullosa de tener una hija tan inteligente y tan entendida para estos temas :)
Resultó ser un muy buen primer día de vacaciones... y ya siento que los próximos se me pasarán como agua. Ahora me parece que tengo varios planes y que los días por delante no me serán suficientes. Ya les contaré cómo me va ;)
Lo curioso es que en mis periodos vacacionales anteriores siempre he trabajado, de alguna forma. ya sea medio día, o un día sí y otro no, por lo que realmente no había tomado unas buenas vacaciones, así que esta mañana después de revisar rápidamente mis mails y comprobar que no había nada urgente, cerré la tableta y de pronto me invadió una extraña sensación de inquietud... ¿qué iba a hacer si no tenía que trabajar?
Por unos minutos me sentí como desorientada, como si no tuviera la más mínima idea de qué hacer con todas las horas vacías en mi agenda, sin la necesidad de sentarme a responder correos, hacer traducciones, revisar reportes, atender llamadas, escribir notas o cubrir eventos. Momentáneamente, en realidad no sabía qué iba a hacer con mi tiempo...
Pero después pensé en todo lo que puedo hacer estos días -además de levantarme tarde- y entonces me relajé y empecé verdaderamente a disfrutar mis vacaciones como Dios manda :)
Técnicamente, las vacaciones empezaron desde el jueves 24, cuando ya no tuve llamadas ni correos y pude prepararme para salir de viaje para pasar la Nochebuena con mi papá en Tequisquiapan. Al día siguiente seguimos hacia San Miguel de Allende -que estaba atestado de gente-, donde visitamos el Museo del juguete y la antigua casa de Ignacio Allende, ahora también museo.
Fue un viaje corto, algo cansado por la salud de mi suegra. Regresamos el sábado 26 por la tarde y el domingo tuve visitas en casa. Así que realmente no tuve oportunidad de descansar y disfrutar esa sensación de vacaciones hasta que ayer en la noche me acordé que hoy no tenía que trabajar.
Volviendo al día de hoy, después de levantarme tarde y permanecer en pijama hasta pasadas las 12 del día, me arreglé con calma y salí con mi hija rumbo al centro de la ciudad.
Ella quería comprar un comic, que no conseguimos. Yo quería un cargador nuevo para mi laptop, pues el anterior se echó a perder gracias a mis gatas y a mi nueva perrita :S
Después de un angustiante viaje en metro (para mi hija) y de la decepción por no encontrar su comic, comimos en el Café de Tacuba mientras yo le contaba a mi hija cuánto hablaba mi abuelita de ese lugar. Luego caminamos hacia Eje Central y de ahí a la Plaza de la tecnología, donde conseguí el cargador para mi laptop y compramos un antivirus para la compu de Vale. De camino a la Plaza, le hice de guía de turista mientras le señalaba Bellas Artes, la Alameda, el edificio de Correos, el Sanborn's de los azulejos, el Banco de México, el edificio de Sears y otras curiosidades locales.
Finalmente, volvimos a casa. En el trayecto de vuelta ella me preguntó varias cosas de tecnología sobre diversas plataformas, y me sentí orgullosa de tener una hija tan inteligente y tan entendida para estos temas :)
Resultó ser un muy buen primer día de vacaciones... y ya siento que los próximos se me pasarán como agua. Ahora me parece que tengo varios planes y que los días por delante no me serán suficientes. Ya les contaré cómo me va ;)
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Monday, May 19, 2014
El taxista-futbolista-músico
Alejandro
Urbano es taxista, pero dice que de joven tocaba el güiro en la banda de Rigo
Tovar.
Me cuenta su historia a grandes rasgos, en unos 15 minutos, mientras me lleva a mi destino…
Nacido en 1962 –según indica su RFC en el tarjetón de identidad– desde chico se hizo en el oficio de la hojalatería, acompañando a un tío que trabajaba para una agencia de Ford.
Me cuenta su historia a grandes rasgos, en unos 15 minutos, mientras me lleva a mi destino…
Nacido en 1962 –según indica su RFC en el tarjetón de identidad– desde chico se hizo en el oficio de la hojalatería, acompañando a un tío que trabajaba para una agencia de Ford.
A los 16 ya trabajaba en un taller, pues su familia era
numerosa y de bajos recursos. En esas fechas, le tocó presenciar el momento en
que dos autos chocaron en la esquina del taller; siendo testigo, insistió para
que los jóvenes que causaron el accidente le pagaran los daños al conductor del
otro carro. Nunca imaginó que ese incidente le cambiaría la vida.
“En ese entonces yo ganaba $70 pesos a la semana”, dijo.
Al ver que el auto del señor tenía la dirección averiada y que no se podía conducir, sacó unas herramientas del taller y lo arregló, sin pensar en cobrarle nada. El señor le ofreció un aventón, pues aunque Alejandro vivía lejos, el conductor del auto averiado vivía aún más distante. Así, Alejandro se subió al coche que lo guiaría a su nuevo destino.
El señor le extendió $50 pesos por la compostura; aunque al principio no quería aceptarlos, Alejandro al final tomó el dinero. Ya con eso iba contento; le habían hecho el día. Cuál sería su sorpresa cuando el señor le dijo que trabajaba para una agencia Ford –casualmente, la misma en la que trabajó su tío cuando él era chico. Así pues, el señor invitó a Alejandro a trabajar en esta agencia.
Él estaba feliz: ya no tenía que irse tan lejos, pues la agencia quedaba a cinco minutos de su casa. Pero lo mejor fue cuando le dieron su pago por la primera semana de trabajo: $240 pesos. De un día para otro, su salario se triplicó. Alejandro estaba tan feliz que de sus primeros sueldos les compró zapatos y ropa a sus hermanos. Pero este fue sólo el inicio de su historia.
“En ese entonces yo ganaba $70 pesos a la semana”, dijo.
Al ver que el auto del señor tenía la dirección averiada y que no se podía conducir, sacó unas herramientas del taller y lo arregló, sin pensar en cobrarle nada. El señor le ofreció un aventón, pues aunque Alejandro vivía lejos, el conductor del auto averiado vivía aún más distante. Así, Alejandro se subió al coche que lo guiaría a su nuevo destino.
El señor le extendió $50 pesos por la compostura; aunque al principio no quería aceptarlos, Alejandro al final tomó el dinero. Ya con eso iba contento; le habían hecho el día. Cuál sería su sorpresa cuando el señor le dijo que trabajaba para una agencia Ford –casualmente, la misma en la que trabajó su tío cuando él era chico. Así pues, el señor invitó a Alejandro a trabajar en esta agencia.
Él estaba feliz: ya no tenía que irse tan lejos, pues la agencia quedaba a cinco minutos de su casa. Pero lo mejor fue cuando le dieron su pago por la primera semana de trabajo: $240 pesos. De un día para otro, su salario se triplicó. Alejandro estaba tan feliz que de sus primeros sueldos les compró zapatos y ropa a sus hermanos. Pero este fue sólo el inicio de su historia.
Jugaba
fútbol los fines de semana y también tocaba en algunas bandas; de hecho,
asegura, llegó a tocar para la banda de quien hiciera famosa la canción del
“sirenito”. Empezó a jugar con el equipo de futbol de los empleados de una
agencia de VolksWagen. En una ocasión, uno de ellos se enteró de que él era
hojalatero, y le dijo que llevara una solicitud de empleo a la agencia de VW. Le quedaba
justo frente a su casa, así que no perdía nada.
Le ofrecieron trabajo, mejor pagado. Así que tres años después de haber ingresado a Ford, se fue con VolksWagen y ahí trabajó durante 25 años, escalando posiciones y llegando a ser gerente del taller. Pero le llegó el momento de jubilarse…
Hoy, a sus 52 años, Alejandro Urbano tiene dos taxis para complementar el ingreso de la pensión, que, además, prefiere conservar intacto tanto como pueda para vivir de ello cuando ya no tenga modo de trabajar y mantenerse por sí mismo.
“Era bueno jugando futbol y era bueno con la música, pero a veces faltaba a mi trabajo por ello, hasta que mi jefe en VW me hizo decidir entre la música o el trabajo, y desde entonces me quedé en mi empleo y no volví a faltar”, me contó.
Urbano está convencido de que el dinero de su pensión no sería suficiente hoy para mantener todos sus gastos y apoyar con los gastos de sus nietos. Pero, además, me queda claro que a sus 52 años no se siente bien metido en su casa, viviendo solamente de la pensión sin hacer nada más.
Llegamos a mi destino. Poco tiempo para narrar una vida. Algunas interrogantes en el aire, pero mi agradecimiento sincero por esta historia que me sacó del estancamiento literario en que había caído…
Le ofrecieron trabajo, mejor pagado. Así que tres años después de haber ingresado a Ford, se fue con VolksWagen y ahí trabajó durante 25 años, escalando posiciones y llegando a ser gerente del taller. Pero le llegó el momento de jubilarse…
Hoy, a sus 52 años, Alejandro Urbano tiene dos taxis para complementar el ingreso de la pensión, que, además, prefiere conservar intacto tanto como pueda para vivir de ello cuando ya no tenga modo de trabajar y mantenerse por sí mismo.
“Era bueno jugando futbol y era bueno con la música, pero a veces faltaba a mi trabajo por ello, hasta que mi jefe en VW me hizo decidir entre la música o el trabajo, y desde entonces me quedé en mi empleo y no volví a faltar”, me contó.
Urbano está convencido de que el dinero de su pensión no sería suficiente hoy para mantener todos sus gastos y apoyar con los gastos de sus nietos. Pero, además, me queda claro que a sus 52 años no se siente bien metido en su casa, viviendo solamente de la pensión sin hacer nada más.
Llegamos a mi destino. Poco tiempo para narrar una vida. Algunas interrogantes en el aire, pero mi agradecimiento sincero por esta historia que me sacó del estancamiento literario en que había caído…
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