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Tuesday, August 09, 2016

Una historia prestada

La conocí en Coyoacán hace un par de domingos. Menudita, delgadita, entrada en años, sola; con una mirada triste y ansiosa. Algo en su actitud me invitó a hablarle. Y ella me respondió. Y abrió su corazón y me dejó ver su vida de manera fugaz.

De no ser porque me contó todo a contra reloj, en menos de una hora, ésta sería una historia desgarradora. Y lo es, para ella. Pero yo sólo alcancé a asomarme un poco en sus recuerdos, que me llegaban en desorden, como una ráfaga. Tan pronto me despedí de ella aquella tarde tuve que grabar las notas de todo lo que me contó, para no olvidar nada y poder escribirlo después.

Ella me dio su consentimiento para poner por escrito lo que se atrevió a contarle a una extraña que resultó ser periodista y escritora. Yo he retomado los fragmentos de nuestra conversación para escribir una narración cronológica, con coherencia, de manera que el texto a continuación no es una transcripción fidedigna de nuestra charla.

Cabe aclarar también que lo que escribiré es lo que ella me contó. Tal vez hay detalles incongruentes, tal vez algo no suene cierto. No es mi intención redactar un documental con una investigación a detalle de la historia de esta mujer, sólo quiero plasmar lo que ella compartió conmigo mientras comíamos, casualmente, un domingo por la tarde. Ella tal vez pudo falsear algo de lo que me contó, pero yo no estoy agregando nada de mi cosecha. Lo transmito aquí tal cual lo recibí de ella...

Se llama María Servin, tiene casi 78 años (nació en 1938) y vive en el barrio de Santo Domingo, en Coyoacán. Mide alrededor de 1.50 mts. y es muy delgada.

Por azares del destino me quedé comiendo sola en el mercado de Coyoacán. Aún no terminaba mi arroz con plátano macho en ese local de mariscos cuando la vi, parada a un par de sillas de donde yo estaba, indecisa... 

Le sonreí y le dije que el asiento a mi lado estaba desocupado, por si quería sentarse. Me respondió que primero quería preguntar cuánto costaba un cóctel de camarones chico, pues no sabía si le alcanzaba.

Algo me movió a hacerle la invitación. Le dije que si se sentaba a platicar conmigo yo le pagaría el cóctel. Un poco mortificada (pero seguramente hambrienta), aceptó. Nunca imaginé el torrente de palabras que saldrían de esa pequeña mujer...

Le expliqué que yo quise mucho a mi abuelita, que falleció hace unos años y a quien extraño mucho, y por ello tal vez me siento movida a ayudar a la gente mayor.

Un par de preguntas y empezó a platicarme sobre ella. Cada pedazo de conversación me daba pie a preguntarle más cosas y pronto me di cuenta de que estaba sentada junto a una mujer con una historia profunda, y con un gran anhelo de contársela a alguien.

Su madre la maltrataba desde pequeña, no la quería porque nació mujer, así que no la alimentaba bien y ella creció desnutrida. "Mi mamá se enojaba todo el tiempo conmigo, me pegaba y se me iba al cuello con intención de ahorcarme", cuenta.

Tuvo cinco hermanos varones que al parecer corrieron con mejor suerte que ella.

Ella, desde los siete años, trabajaba vendiendo chácharas y dulces en el mercado de Coyoacán. Y si no vendía todo, su mamá "la molía a palos".

La madre de María estaba separada de su padre, pero tenía un amante que la manoseaba así que ella se iba a esconder a una especie de cueva, u hoyo, cercano a su casa, hasta que descubrió que ahí había una víbora y ya no quiso volver a esconderse en ese lugar, pero no quería llegar a su casa cuando no estaba su mamá, por lo que perdía el tiempo por ahí hasta que la mamá regresaba, y entonces le pegaban por llegar tarde.

Cuando tenía doce años, su mamá la mandó con un señor a recoger unas cosas en un poblado rumbo a Veracruz, pero en el camino el señor la violó y la dejó ahí. En ese punto de la plática, se le quebró la voz y se le humedecieron los ojos; ella no ha olvidado el horror de la violación y le sigue doliendo hasta el llanto... Como pudo, caminó hacia unas vías de tren y un maquinista le ofreció traerla de vuelta a la Ciudad.

Producto de la violación quedó embarazada y tuvo una hija. En algún momento, la madre de María le dijo a esta niña que era fruto de una violación y la jovencita rechazó a María, y hasta la fecha se mantiene alejada de ella.

Antes de cumplir los 18, María se casó con un hombre mayor que ella, el cual durante muchos años la golpeó y no la procuró, ni le daba dinero para la manutención de los cuatro hijos que le engendró. Hace apenas unos años que ella se animó a enfrentar a su marido golpeador y lo amenazó: "si me pegas otra vez te voy a ahorcar mientras estés dormido", le dijo, pues él duerme profundamente, hasta perderse por completo. Tal vez a él le dio miedo que ella cumpliera su advertencia, o tal vez fue el efecto de la famosa frase: "el valiente vive hasta que el cobarde lo permite", pero a partir de ese momento el señor dejó de golpearla y no lo ha vuelto a hacer.

María ha trabajado casi toda su vida haciendo limpieza en las casas. En su último trabajo se cayó, se lastimó la clavícula y la señora que la contrataba no se quiso responsabilizar del gasto médico. Se quedó sin trabajo y con un hombro lastimado que ahora no le permite hacer las cosas como antes.

Me preguntó si yo podía darle trabajo. "Lo siento, no puedo. Ya tengo a una señora que me ayuda..." Casi me sentí mal por no poder contratarla, pero estoy muy contenta con el trabajo de la señora Gabriela y no necesito a otra persona.

María está sola. Casi no habla con sus hermanos, ni con su padre, ni con sus hijos; todo ellos viven fuera de la capital --en Jalapa, Tamaulipas, Estado de México, y por el Ajusco-- y casi no le llaman. En algún momento me confesó, de repente, que ya no quiere vivir...

Cuando terminamos de comer, salimos al jardín que está frente al mercado, donde los domingos se reúne la gente para bailar danzón y cha cha chá; la acompañé un par de canciones.

María (como la mayoría de la gente católica en México, y en particular los de bajos recursos económicos) cree en los santos; tiene una en particular a la que le reza y dice que le ha concedido milagros y ha respondido a sus peticiones. Yo le digo que yo le pido directamente a Dios, por medio de Jesucristo.

Bailamos como 15 minutos y nos despedimos. Me autorizó a escribir de todo lo que me contó.

Me quedo con una sensación amarga después de haberla conocido. De algún modo siento que al compartir su historia le hago un poco de justicia, pero no es así. Tan sólo le doy voz a una de las muchas voces mudas con historias semejantes en esta ciudad. María no debió de haber pasado tanto dolor, igual que muchas otras personas del país, del mundo...

Monday, May 19, 2014

El taxista-futbolista-músico

Alejandro Urbano es taxista, pero dice que de joven tocaba el güiro en la banda de Rigo Tovar.

Me cuenta su historia a grandes rasgos, en unos 15 minutos, mientras me lleva a mi destino…

Nacido en 1962 –según indica su RFC en el tarjetón de identidad– desde chico se hizo en el oficio de la hojalatería, acompañando a un tío que trabajaba para una agencia de Ford. 

A los 16 ya trabajaba en un taller, pues su familia era numerosa y de bajos recursos. En esas fechas, le tocó presenciar el momento en que dos autos chocaron en la esquina del taller; siendo testigo, insistió para que los jóvenes que causaron el accidente le pagaran los daños al conductor del otro carro. Nunca imaginó que ese incidente le cambiaría la vida.

“En ese entonces yo ganaba $70 pesos a la semana”, dijo.

Al ver que el auto del señor tenía la dirección averiada y que no se podía conducir, sacó unas herramientas del taller y lo arregló, sin pensar en cobrarle nada. El señor le ofreció un aventón, pues aunque Alejandro vivía lejos, el conductor del auto averiado vivía aún más distante. Así, Alejandro se subió al coche que lo guiaría a su nuevo destino.

El señor le extendió $50 pesos por la compostura; aunque al principio no quería aceptarlos, Alejandro al final tomó el dinero. Ya con eso iba contento; le habían hecho el día. Cuál sería su sorpresa cuando el señor le dijo que trabajaba para una agencia Ford –casualmente, la misma en la que trabajó su tío cuando él era chico. Así pues, el señor invitó a Alejandro a trabajar en esta agencia.

Él estaba feliz: ya no tenía que irse tan lejos, pues la agencia quedaba a cinco minutos de su casa. Pero lo mejor fue cuando le dieron su pago por la primera semana de trabajo: $240 pesos. De un día para otro, su salario se triplicó. Alejandro estaba tan feliz que de sus primeros sueldos les compró zapatos y ropa a sus hermanos. Pero este fue sólo el inicio de su historia.

Jugaba fútbol los fines de semana y también tocaba en algunas bandas; de hecho, asegura, llegó a tocar para la banda de quien hiciera famosa la canción del “sirenito”. Empezó a jugar con el equipo de futbol de los empleados de una agencia de VolksWagen. En una ocasión, uno de ellos se enteró de que él era hojalatero, y le dijo que llevara una solicitud de empleo a la agencia de VW. Le quedaba justo frente a su casa, así que no perdía nada.

Le ofrecieron trabajo, mejor pagado. Así que tres años después de haber ingresado a Ford, se fue con VolksWagen y ahí trabajó durante 25 años, escalando posiciones y llegando a ser gerente del taller. Pero le llegó el momento de jubilarse…

Hoy, a sus 52 años, Alejandro Urbano tiene dos taxis para complementar el ingreso de la pensión, que, además, prefiere conservar intacto tanto como pueda para vivir de ello cuando ya no tenga modo de trabajar y mantenerse por sí mismo.

“Era bueno jugando futbol y era bueno con la música, pero a veces faltaba a mi trabajo por ello, hasta que mi jefe en VW me hizo decidir entre la música o el trabajo, y desde entonces me quedé en mi empleo y no volví a faltar”, me contó.

Urbano está convencido de que el dinero de su pensión no sería suficiente hoy para mantener todos sus gastos y apoyar con los gastos de sus nietos. Pero, además, me queda claro que a sus 52 años no se siente bien metido en su casa, viviendo solamente de la pensión sin hacer nada más.

Llegamos a mi destino. Poco tiempo para narrar una vida. Algunas interrogantes en el aire, pero mi agradecimiento sincero por esta historia que me sacó del estancamiento literario en que había caído… 

Tuesday, November 01, 2011

Madera de periodista

Ahora que he vuelto al periodismo quiero retomar un post que leí hace un par de meses y con el cual me identifiqué... Como dice el texto: me volvería a hacer periodista... y lo hice :)

Para ser periodista (del blog de Juan Cruz)

"He estado esta mañana en la inauguración del curso de la Escuela de Periodismo de EL PAÍS y he escuchado a una muy joven periodista, María Martín, que acaba de terminar el máster y ya empieza a ejercer el oficio. El oficio ya no es lo que era, se dice, y es cierto; mi padre me decía: "No te hagas periodista, que los periodistas siempre andan con los calzones rotos por el culo". 

Me hice periodista. Me haría periodista otra vez, a pesar de que, en efecto, ya las cosas no son lo que fueron; María se lo decía, con un verbo cálido, emocionado, a sus compañeros de máster: ahora hay que trabajar como si todos los días se inventara el oficio; y así es, hay que inventarlo cada día, porque a veces lo dinamitan. 

Joaquín Estefanía, el director de la Escuela, advirtió, igual que el conferenciante, William Baker, sobre la naturaleza de esa dinamita. El periodismo está acosado por la facilidad con la que se olvida el rigor, la pericia que han hallado fascinerosos de la profesión la obligación del contraste. Aun así, a pesar de esa crisis que ha hecho mella en todos los vectores del periodismo escrito, hablado o televisado, ahora me haría periodista otra vez; sería feliz en esa fila de los nuevos del master, estaría buscando un hueco por el que ir metiendo la cantidad de orgullo del que parte la vocación por contarle a la gente lo que le pasa a la gente. 

Antes se decía que este es un oficio que uno haría gratis. Lo haría, volvería a las redacciones como si se acabara de inventar el mejor oficio del mundo y yo tuviera ganas de entrar en ese tobogán extraño pero maravilloso. Lo curioso es que ahora parece que muchos querrían que fuera gratis. 

Decía Juan José Millás ayer en La Vanguardia (recogido por Joana Bonet) que muchos quisieran que los escritores dieran gratis sus textos. Y eso mismo pasa con los que quieren robar lo que otros escriben, colgarlos en sus sistemas de comunicación, y además enrabietarse porque los que son robados quisieran ser pagados. 

Pero esa es otra cuestión, de la que por cierto habló Baker en la entrevista que hoy publica en EL PAÍS Carmen Pérez Lanzac. Y de eso habló él mismo en la inauguración de la Escuela de Periodismo".

Sunday, June 13, 2010

La espera, parte 5

*** Al fin juntos ***

Finalmente llegó el día tan esperado. Nikita se había levantado temprano y ya había desayunado. Ahora paseaba ansiosa por el jardín, esperando escuchar en la casa los pasos de su amigo. Había llovido durante la noche y el pasto estaba lleno de rocío. Como ya empezaba a hacer calor y Ramón tardaba en bajar, Nikita se echó en el pasto y rodó, mojando todo su pelo y llenándose del aroma peculiar de la tierra mojada.

"¡Eh, Nikita, espérame!", gritó Ramón desde la puerta. Ella se levantó y corrió hacia él, mientras él bajaba las escaleras y se acercaba al jardín. "Ya sabes que me gusta que nos revolquemos juntos en el césped mojado... aunque mi mamá se enoje y luego me diga que huelo a perro mojado, igual que tú. ¿Me extrañaste?"

Nikita estaba feliz de estar finalmente con su amigo; saltaba por todos lados, corría como loca dando voces de alegría, como diciéndoles a todos: "miren, miren quién está aquí ahora".

Ramón la volvió a llamar: "Niki, ven a ver lo que te traje de la ciudad. Te va a gustar. Es un buen juguete y sirve para que me recuerdes cuando yo no esté aquí." Y habiendo dicho esto, sacó un hueso de plástico que rechinaba al ser aplastado. Nikita lo olfateó con curiosidad y luego miró a Ramón. El niño entonces aventó el objeto... la perra ya sabía lo que este gesto significaba: salió corriendo a atrapar el juguete y regresó con él en el hocico, para entregárselo a su amigo.

Ramón repitió la mecánica varias veces, aventando el juguete cada vez más lejos, sorprendiéndose de la velocidad que Nikita había obtenido al crecer. En alguna ocasión, cuando la perra tomaba el hueso plástico en su hocico, éste sonaba al ser aplastado, entonces ella se entretenía mordiéndolo un pocó más, divirtiéndose con los ruidos.

*** El regreso ***

Pasaron un verano muy entretenido, jugando en las charcas, corriendo bajo la lluvia, asustando liebres en el campo, contando estrellas por la noche y viendo las nubes durante el día. A veces Ramón iba a visitar a sus amigos y Nikita no podía acompañarlo. Otras veces, los amigos de Ramón iban a su casa y Nikita jugaba con ellos...

Pero los días pasaron rápido y llegó el día en que Ramón debía regresar a la ciudad. Nikita estaba triste cuando vio que empacaban las maletas, pues sabía que pasarían varios meses antes de que su amigo regresara, en Navidad.

Cuando llegó la hora de despedirse, Ramón se acercó a ella. Tomó el hueso de plástico y le dijo: "Anda Niki, tómalo y guárdalo. Prometo que la próxima vez que venga te traigo algo más... no lo vayas a morder mucho para que te dure y te acuerdes de mí..."

Nikita tomó el hueso y lo dejó en el suelo. Luego se acercó a Ramón y lamió su rostro, húmedo por las lágrimas. El niño la abrazó fuerte y le dijo: "Te voy a extrañar mucho, amiga"... la perrita gimió, como respondiéndole a su amigo que ella también lo extrañaría.

"¡Vamos Ramón, ya es hora!", gritó su papá. Él se levantó, besó a su amiga por última vez y corrió a la camioneta. Ella esperó a que el auto se pusiera en movimiento y luego lo persiguió por el camino, ladrando todo el tiempo, hasta que el carro se perdió de su vista. En cada ladrido le decía: "¡Ramón, te voy a extrañar pero aquí te espero, vuelve pronto!"

Cuando ya no vió más la camioneta, descansó un poco y luego regresó a su casa, donde se echó en su colchoneta, mordisqueando el hueso que Ramón le había dejado. Miró el cielo... empezaba a anochecer y la luna se asomaba. Ella sabía que donde quiera que él estuviera, él se acordaría de ella también, todas las noches, al mirar las estrellas. Y mientras los dos fueran amigos no importaba dónde estuvieran, ni el tiempo... su cariño siempre se conservaría. La espera siempre valía la pena.

Wednesday, June 09, 2010

La espera, parte 4

*** Bajo las estrellas ***


Nikita aguardaba paciente a que se retiraran los últimos invitados. Quedaban sólo unos familiares, pero aún así no la dejaban acercarse todavía al jardín.

Ramón ya se veía muy cansado cuando se sentó al lado de su madre. "¿Ya?", le preguntó con ansiedad. "Todavía no, es de mala educación dejar a los invitados que vinieron a visitarte. Espera un poco."

A disgusto y haciendo muecas, Ramón se quedó sentado, mirando al cielo. Empezó a contar estrellas y a buscar constelaciones en el firmamento, como lo hacía cuando era más pequeño y salía con su padre y Nikita a sus paseos nocturnos. Esperaba tener más noches como esa en los días que estaría de vacaciones en el rancho.

Recordó las veces que salieron de campamento y la noche en que llovió tan fuerte que Nikita y él se acurrucaron bajo las cobijas, dentro del sleeping bag. Ella siempre estaba tan calientita... aunque su pelo olía a sudor y humedad, je.

Con estos pensamientos en mente se empezó a quedar dormido, sin darse cuenta, pues los recuerdos de pronto se convirtieron en sueños. Soñó que finalmente estaban juntos y salían a correr por el campo, cruzaban el arroyo y llegaban a la charca de las ranas, donde se divertían viéndolas saltar. A Nikita le encantaba meterse al charco y perseguir a las ranas... terminaba súper sucia... nada que un buen baño de manguera en el jardín no pudiera solucionar al regresar a la casa. Y luego, a tenderse bajo el sol, buscando formas en las nubes...

Finalmente, el último de los invitados se fue, pero Ramón ya estaba profundamente dormido. Nikita se acercó a la silla y puso su cabeza en el regazo de él. Se sintió feliz de verlo tan contento, de estar tan cerca después de tanto tiempo. ¡Qué importaba que no pudieran jugar ahora! Mañana podrían hacerlo, y tenían mucho tiempo por delante.

El papá de Ramón se acercó para llevarlo a la cama. "Ramón, despierta, vamos a dormir". A medio sueño, el niño se levantó y siguió a traspiés a su papá, quien como pudo lo cargó para subir las escaleras y lo puso en su cama.

Nikita se quedó de pie en la escalinata, fuera de la casa. Su felicidad ya era incontenible... ¡mañana sería el gran día! La espera había terminado al fin.

Regresó a su rincón y se echó en su colchoneta, mirando el mismo cielo que Ramón contempló hasta quedarse dormido. Y, con la esperanza en sus ojos, ella también se durmió.

Monday, June 07, 2010

La espera, parte 3

*** La fiesta ***

Ramón se levantó pasadas las 10 de la mañana. Hacía mucho tiempo que no descansaba así. Ya el sol calentaba el ambiente y entre el cansancio del viaje y la temperatura del lugar Ramón sintió que no podía esperar ni un segundo para meterse a bañar.

Cuando terminó de arreglarse bajó a la sala. Buscó a Nikita, pero no la encontró. Uno de los sirvientes le comentó que había salido con su papá a caminar. Ramón se puso un poco triste, pero entonces vio los preparativos para su fiesta y se emocionó. Salió al jardín, donde ya las mesas estaban dispuestas para el agasajo, la decoración, la piñata... todo era como él lo esperaba.

Moría de hambre. Entró a la cocina y aspiró el aroma de los guisos que las cocineras preparaban para el festejo. Su mamá estaba revisando todo, cuando lo vio llegar. "Ven Ramón, vamos a desayunar. Tu papá no tarda en llegar, ahorita nos alcanza."

En efecto, unos minutos después de sentarse a la mesa llegó su papá. Comieron hasta saciarse. "Papá, ¿cómo está Nikita?", preguntó Ramón. "Muy bien hijo, se la ve muy activa, pero ya no juega todo el tiempo, como antes. La veo más madura... ha crecido, y también en tamaño. Ya la verás". -"Pero no ahorita", dijo su mamá. "¿Por qué no?", se quejó Ramón. "Ya es tarde. Los invitados no tardan en llegar y no quiero que te ensucies... no antes de tiempo. Anda, sube a lavarte los dientes."

Ramón pensó que si se apuraba aún tendría unos minutos para ver a Nikita antes de que llegaran los invitados, pero apenas terminó de lavarse los dientes escuchó voces en el jardín. ¡Eran sus primos! Bajó corriendo las escaleras y pasó de largo por la sala, sin voltear a ver si su amiga estaba ahí. Salió de la casa y no la encontró en la escalera. Corrió al jardin, donde lo esperaban ya sus familiares, con varios regalos.

Antes de que se diera cuenta, ya la casa estaba llena de visitas: amigos, familiares y vecinos llegaban con obsequios en la mano. Los niños jugaban en los inflables, las resbaladillas y los columpios. Los padres comían y bebían. La música se escuchaba por todo el terreno. Entre tanto estruendo, Ramón difícilmente escuchaba a su amiga, que lo saludaba a voz en cuello...

*** A la distancia ***

Nikita aguardaba paciente en la escalinata cuando a lo lejos vio los autos que empezaban a llegar. Se entristeció un poco... sabía lo que eso significaba. Casi de inmediato una de las sirvientas la llamó. Nikita obedeció. "Quédate en tu casa, niña, ya sabes que no puedes estar en el jardín cuando hay visitas."

Refunfuñando y de malas, Nikita se sentó en la puerta de su casa. Desde ahí vio llegar a la gente, escuchó la música y las risas. Veía a Ramón recibiendo abrazos de la gente... lo vió reír, contento. Eso la puso feliz... pero ansiaba estar con él. A veces, cuando lo veía pasar corriendo cerca de donde estaba ella, le gritaba para saludarlo, pero él no la escuchaba.

En un momento dado, Ramón finalmente volteó hacia donde ella estaba. "¡Eh, Nikita! ¡Ven acá!" Ella corrió a su encuentro, feliz de saludarlo, pero antes de que pudiera llegar la mamá de Ramón lo llamó: "Vamos, ve a jugar con tus invitados, ya tendrás tiempo para jugar con Nikita más tarde."

Aunque no pudieron tocarse, Nikita estaba feliz. Ramón la había visto, y le dio gusto saludarla. Así que regresó a sentarse en la puerta de su casa, desde donde contempló el resto de la fiesta y disfrutó ver de lejos a su amigo. Seguramente en la noche podrían estar juntos...

Sunday, June 06, 2010

La espera, parte 2

*** Los preparativos ***

Nikita despertó muy temprano, ansiosa por que amaneciera para ver a Ramón. Se levantó cuando apenas clareaba y caminó hacia la casa principal. Había luces en la cocina porque ya los empleados se habían levantado a preparar todo para el festejo y el ambiente se llenaba del olor a café recién preparado.

En cuanto entró, la cocinera la saludó: "¡Buen día, Nikita! ¡Qué madrugadora! Tienes ganas de ver al joven Ramón, ¿verdad? Pero anda, desayuna algo primero" y mientras decía esto le extendía un plato con un poco de guiso de la noche anterior y un pedazo de pan. Nikita comió con prisa... pero no era tanto por hambre sino por la ansiedad de terminar pronto y estar lista en la sala, esperando a que se levantara su amigo.

Pronto estuvo lista y fue a echarse en la colchoneta de la sala, justo donde Ramón y ella solían quedarse dormidos mientras veían saltar las chispas de la chimenea cuando hacía frío por las noches.

Pasaron las horas y la casa se llenó de gente que iba y venía por las habitaciones, acomodando la decoración para la fiesta, llevando los ingredientes necesarios para la comida, colocando las mesas en el patio, organizando las sillas, preparando el sonido... todo era movimiento... pero Ramón aún no se levantaba. Cada vez que escuchaba pasos en las escaleras Nikita miraba ansiosa, aún cuando reconociera que ésos no eran los pasos de Ramón.

Finalmente bajó el señor. La miró y le dijo: "Ya estás ahí. Ramón apenas se levantó y no está listo para bajar. Ven, acompáname a caminar."

Nikita tenía más ánimos de quedarse que de salir, pero no podía desobedecer al patrón, así que fue tras él. En el camino, sin embargo, no hubo más palabras. Fue solo un paseo en el que ambos se acompañaban, sumidos en sus propios pensamientos. Llegaron hasta la charca que se formaba por un brazo del arroyo. Nikita vio las ranas y pensó que había suficientes para jugar con Ramón.

Después caminaron hacia los establos, donde el señor revisó los caballos, las mulas y una cabrita que tenían. El capataz le dió un poco de leche de cabra recién ordeñada y hervida. Luego le extendió un poco de café de la olla y el señor preparó entonces una taza humeante de café con leche... agradeció al capataz y salió de los establos, con rumbo al huerto. Ahí revisó los árboles, el maíz, las hortalizas...

Nikita estaba inquieta y ansiosa por regresar. A juzgar por el sol, ya eran más de las diez. Finalmente el hambre hizo de las suyas y el patrón le dijo: "Vamos Nikita, de regreso a casa".

Ella caminó ahora delante de él... casi corriendo. A ratos tenía que sentarse a esperarlo, pues ella iba más rápido, pero no podía dejarlo atrás. Así que esperó pacientemente y trató de ir a su paso. Al llegar a la casa el señor entró directo al comedor. Nikita sabía que no podía entrar ahí, así que se metió por la cocina y desde ahí asomó su nariz...

Alcanzó a ver a su amigo almorzando con sus papás y su corazón brincó de la emoción. Ya estaba levantando y arreglado. Se veía muy guapo. Seguramente que en cuanto terminara la buscaría y saldrían a jugar. Buscó agua, pues tenía mucha sed por el calor y la caminata. Después, salió y se sentó en las escaleras de entrada a la casa, desde donde se podía ver casi todo el rancho. Se sentía feliz... faltaba poco para estar con Ramón otra vez.

Saturday, June 05, 2010

La espera

*** Nikita ***

Miró el cielo estrellado y sonrió, llena de esperanza. Esa noche llegaría Ramón, su compañero de juegos de la infancia. Hacía un par de años que se lo habían llevado a vivir a la ciudad, pero regresaba a pasar las vacaciones en la casa de campo de su familia y entonces jugaban todo el día.

Bueno, ya no eran niños. Nikita ya casi era adulta pero recordaba a Ramón con el mismo cariño de antes... o tal vez más aún. Paseaba inquieta por el jardín, dando vueltas de un lado a otro, mirando el cielo, tratando de adivinar en las estrellas la hora... ya pasaban de las ocho.

Finalmente, cerca de las 11, vió a lo lejos las luces de la camioneta que subían por la carretera y entraban por la reja del viejo rancho. Sin dudarlo ni un instante, corrió con todas sus fuerzas hacia el camino por el que venía el auto. No podía esperar ni un segundo más para verlo. Su corazón latía con fuerza y no dejaba de gritar: "¡Ramón! ¡Ya llegó Ramón! ¡Ya llegó!"

La camioneta pasó por el camino sin que ella pudiera darle alcance, pero no se desanimó. Siguió corriendo tras el auto rumbo a la casa, pero éste era más veloz y ella se quedó atrás por unos minutos.

Cuando llegó a la casa ya los sirvientes ayudaban a bajar el equipaje. Entró a la sala buscando a Ramón por todos lados, pero no lo vió entre la gente que estaba ahí, dándole la bienvenida a los patrones. De pronto, uno de los jardineros la vio y le dijo: "Nikita, Ramoncito llegó dormido y ya está en su cuarto. Mañana lo verás. Anda, ven conmigo. Afuera."

Con cierta desilusión en el rostro, Nikita obedeció. A pesar de todo, estaba contenta. Mañana muy temprano le daría la bienvenida a Ramón y podrían volver a jugar. Lo llevaría de paseo al arroyo, a perseguir ranas... ¡cómo disfrutaba verlas saltar cuando ellos se acercaban corriendo! ¿Ramón aún disfrutaría de recoger guijarros de colores? Había muchas cosas que quería saber de él, pero ya estaba en casa... mañana podrían estar juntos otra vez.

Se recostó en ese rincón de la cabaña donde solía dormir, con la vista siempre hacia la ventana, desde donde podía ver la luna... esa misma luna que vigilaba a Ramón todas las noches, donde quiera que él estuviera...

*** Ramón ***

El trayecto hacia el rancho se hizo más largo que de costumbre. Ramón estaba emocionado por pasar las vacaciones jugando con sus amigos. Mañana sería su cumpleaños y sus papás habían invitado a todos los vecinos del lugar. Ya los sirvientes se habían encargado de todos los preparativos.

"¿Crees que Nikita esté bien, papá? ¿Se acordará de mí?", preguntó, soñoliento. Había tenido una semana muy pesada en la escuela, estudiando para los exámenes finales y casi no podía mantener los ojos abiertos.

Su papá hizo una mueca y respondió, un poco evasivo: "Seguramente te recuerda, hijo. Pero tienes que saber que el tiempo ha pasado y ella ya no es la misma de antes. Tú también has crecido. Ya no pueden volver a jugar como cuando los dos eran niños."

Ramón cerró sus ojos y recordó esas tardes, corriendo con Nikita por el camino de tierra, rumbo al arroyo, descansando bajo el naranjo, empapados después de un buen chapuzón, dormidos en el suelo, en pleno jardín, tras pasar horas jugando a las escondidillas y contar las estrellas... tenía tantas ganas de verla... pero el sueño finalmente lo venció y apenas se dió cuenta cuando llegaron a la casa. Se despertó a medias y se dejó llevar como sonámbulo a su cama, donde cayó rendido, esperando con ansias la mañana siguiente...

Tuesday, September 01, 2009

Cuento breve

Van dos posts en el mismo día, pero no se me acostumbren je... es sólo que me inspiré y volví a escribir cuentos ;)


Traición Redentora

Volteó a mirar a su agresor. Una punzada lacerante por el dolor indescriptible de haber sido atravesada por su espada le impedía moverse con facilidad. Pero cuando vio al portador del arma sus ojos se llenaron de lágrimas y el dolor del pecho, causado por la traición, superó la agonía física que estaba viviendo.

Una gran interrogante se dibujó en su rostro, atormentado por el sufrimiento corporal y sentimental. Era clara su confusión: no podía comprender por qué él la atacaba, si ella había luchado esa batalla para defenderlo de sus enemigos…

No había un arma capaz de atravesar su dura piel, salvo la de él. Y ella nunca creyó que él fuese capaz de atacarla de esa manera, por la espalda y sin previo aviso.

Aún sin dar crédito a lo que estaba viviendo, miró su vientre. Sangraba profusamente. Herida de muerte por esa espada mágica, la única en todo el reino que podría hacerle daño, se preguntó cómo era posible que hubiera caído víctima de la única persona de la cual debía cuidarse… cómo era que no solamente había confiado en él, sino que lo había acogido bajo su protección.

Lo miró directamente a los ojos y comprendió todo. Él lloraba. La espada en sus manos aún tenía sangre de ella y goteaba sobre la tierra seca, dejando rastros de su vida milenaria en cada grieta de ese árido terreno.

Soltó la espada y se llevó las manos a la cabeza. No había palabras para explicar cuánto le dolía haber enterrado su arma en esa dura carne… el esfuerzo y la convicción que le requirió atravesarla, y el sufrimiento que él mismo se infligió en cada centímetro de esa traicionera penetración.

Pero él era un cazador de dragones, y ella, una dragona. La más hermosa que había visto, en realidad. Comparada con otros de su especie, era pequeña y ligera, casi vulnerable, pero imponente, inteligente y hermosa. Por ello, él no había sucumbido a la tentación de matarla en cuanto la vio. Por ello, se dejó seducir por su mirada y, traicionando sus convicciones y sus ideas, dejó de lado su espada y se perdió en esos ojos verdes de esmeralda, para escuchar todas las historias que Elise le narraba: cuentos de otras tierras, leyendas de su pueblo, crónicas de antaño y reflejos de otras culturas… a través de sus palabras, él aprendió sobre valores y sobre la importancia de apegarse a sus creencias.

Y así, en medio de esa cruenta batalla entre caballeros –humanos intolerantes que no alcanzaban a comprender la divinidad de seres distintos a ellos– y dragones –seres mitológicos a punto de la extinción– él comprendió que debía tomar partido. No podía vivir por siempre opuesto a las voluntades de su género. Él había sido formado para convertirse en un cazador, el más heroico de los cazadores de su estirpe. Y ahora los suyos le recriminaban su debilidad…

Él sabía que tarde o temprano podría llegar otro caza dragones y matarla. Le preocupaba que cuando esto sucediera, la muerte no llegara pronto y ella fuese torturada. La sola idea de victimizarla de esa manera lo angustiaba de tal modo que sus sienes estaban a punto de estallar…

Con esos pensamientos, que lo martirizaban hasta el llanto, Bertford hundió su espada en un costado de la bestia, sin detener su empuje hasta que la filosa punta asomó por el vientre de ella…

Elise comprendió todo esto con su sabiduría milenaria. Pero ello no fue suficiente para aliviar el dolor de la traición. Una traición que para él representaba la redención de su futuro, la reivindicación con su género y la oportunidad de dejar un legado, con un apellido honroso.

Mientras su vida se escapaba, ella visualizó un futuro promisorio para Bertford y su raza. Un porvenir sin miedos, sin criaturas “demoníacas” que enfrentar. Un mundo sin dragones. Un futuro forjado por la espada de cazadores como Bertford.

Y con estos pensamientos, Elise miró a los astros por última vez, y expiró. Su enorme corazón dejó de latir, llevándose con su alma algo de la de él. Y aunque él no lo reconoció nunca abiertamente, en aquél día supo que algo dentro de sí murió para siempre también.

Friday, December 01, 2006

Café y chocolate

A modo de explicación, estos son fragmentos de cosas que he escrito desde hace mucho tiempo. No tienen relación entre sí, no están en orden cronológico y no corresponden a una persona o sentimiento en específico... es solo un ejercicio para recuperar mi musa.

*****
Refrescó su rostro con el agua del lavamanos y se miró al espejo. Casi no se reconoció. No era esa la misma imagen de la joven que recordaba, tiempo atrás, riendo en el jardín trasero de aquella casona blanca, bajo la sombra del árbol que crecía ahí hace más de 40 años...
Regresó de su recuerdo y salió del baño. Aspiró profundamente y caminó a la salita donde la esperaban. Sin embargo, tuvo la sensación de que nadie notó su ausencia. Para parecer ocupada, extendió la mano y asió su taza de café. ¡Vaya! ¡Qué reconfortante resulta una buena taza de café! Se dejó llevar por el aroma mientras...

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¿Café o chocolate? -me preguntó el mesero. Me habían recomendado mucho el chocolate caliente del lugar, así que opté por éste. Mientras lo servían, noté la consistencia, la temperatura y el aroma de la bebida, y me dije que si sabía tan bien como se veía, valdría la recomendación. Apenas soplé un poco y di el primer sorbo... mis pupilas se dilataron y en mi rostro se dibujó una sonrisa. Es uno de los mejores chocolates calientes que he probado, definitivamente. Y degustarlo es una experiencia que me gusta repetir cada vez que desayuno en ese restaurante.

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Ahí estaba, en la cocinita de su casa, con una taza de tinto en las manos, tratando de calentarse del frío que hacía tanto fuera como dentro de la casa... muy dentro, en su interior. Aspiró el aroma del café y le dió un gran sorbo, sintiendo que en cada trago la esencia del lugar se mezclaba un poco más en su ser.

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Aún recuerdo la primera vez que probé un capuchino con cajeta, en un famoso café en Querétaro. Hoy, el recuerdo me parece agridulce, pues si bien hubo momentos gratos, hay dos personas que entonces significaron mucho para mí y ya no están conmigo. El primero, L, mi cielo y mi infierno. Y mi prima María Elena, a quien sigo extrañando, cada vez con más fuerza, conforme los recuerdos me hacen patente que ya no estará con nosotros...

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Todo mundo habla del café colombiano, pero mi sorpresa fue descubrir el delicioso sabor del chocolate de tablilla de ese país. Tal vez sea que, en lo personal, el chocolate Abuelita me parece muy dulce, pero me gustó mucho el sudamericano. ¡Lo que daría por volver a tomarme un chocolate en casa de doña Lucía!

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Él permanecía callado, sin saber qué mas decir. El silencio entre los dos lo estaba matando de ansiedad, pero no se atrevía a romperlo, después de haberle destrozado el corazón. Ella no decía nada, simplemente se quedó abstraída en la taza de café americano frente a ella, casi como autista. ¿Qué debía hacer él? Empezó a juguetear con los hielos en su vaso, con la cucharita del café, las servilletas y terminó por girar el cenicero con un dedo, hasta que se le escapó y fue a dar contra el vaso, tirándolo de la mesa, junto con el tenedor. El escándalo hizo que todos en el lugar miraran hacia donde estaba. Avergonzado, intentó ayudar al mesero a recoger las cosas, y sólo entonces se percató de que ella lo miraba con los ojos vacíos, sin lágrimas, sin sentimiento alguno, como si él no estuviera ahí...

*****
Cierro los ojos y me viene a la mente la escena de ese desayuno familiar, cuando mi mamá preparó su famosa receta de conchas con nata, acompañadas de chocolate frío. Ha pasado mucho tiempo y han sucedido muchísimas cosas. Mi mami ya no cocina como antes, ni tiene los recursos ni el tiempo. Pero cuando prepara su chocolate licuado, no hay quien se niegue a tomarse, al menos, un vaso de la deliciosa bebida.

Thursday, November 09, 2006

Pregunta...

¿Cuál es el colmo de un escritor?
Respuesta: Que no puede escribir los finales de sus propias historias.

Digo esto en un tono irónico, pero también debo confesar que ahora que lo recuerdo, mi opera prima no ha sido concluida. La inicié cuando tenía unos trece años. La quise retomar por ahí de los 20 y me dí cuenta de que había escrito, por adelantado, uno de los grandes frentazos amorosos que me había de dar.
Tal vez por superstición, tal vez por no seguir escribiendo mi futuro, la dejé y no la he vuelto a retomar. Tal vez debía hacerlo para poder tener el final de novela para mis relaciones amorosas, ya que en la vida real no se me da muy bien...
Pero bueno, eso es solo un pensamiento fantasioso, como los muchos que me invaden diariamente. Lo cierto es que la vida se construye cada día, con las decisiones que tomamos, y lo que yo redacte en una hoja de papel o una pantalla de computadora está muy lejos de convertirse en realidad solo porque lo quiero así.

Monday, October 02, 2006

A corazón abierto

Recientemente me he sorprendido gratamente de descubrir nuevos lectores de este espacio donde vacío mis locuras y mis desvaríos. Desde un tímido "me siento un poco vouyerista al leerte", hasta un "tus escritos me ayudan en los momentos que estoy pasando", la variedad de la audiencia no deja de asombrarme.
Agradezco a todos por su tiempo y su interés porque, además, he entendido que quienes se toman un poco de su tiempo para leer lo que semana a semana escribo en este espacio, lo hacen con un interés genuino por saber cómo estoy y qué pasa con mi vida, independientemente de que les gusten también los escritos que ocasionalmente publico. Por ello, agradezco sus comentarios, pues para mí son como el eco de esta terapéutica forma de expresión.
Un amigo al que quiero mucho me dijo una vez que el sentimiento no tiene sentido si no se expresa. Entonces le respondí que uno corre el riesgo de exponerse demasiado. Beto, que por ratos es más poeta que yo misma, replicó que no vale el sentimiento si se guarda para sí mismo, y que vale la pena correr el riesgo. (Ahora me viene a la cabeza una frase de la canción Tonto corazón, de Benny Ibarra: no es un juego de ganar o perder, es un juego de sentir.)
Así, pues, respondiendo a la inquietud de JB, el susodicho tiene acceso a mi blog, como cualquiera de mis contactos del messenger, pero no creo que haya entrado porque nunca lo ha comentado. Sin embargo, él fue el primero en leer lo que escribí para él, el año pasado. No me estoy exponiendo más ahora de lo que lo hice en su momento.
Y, a final de cuentas, abrí este espacio en Internet para desnudar mi corazón, para que todo aquél con un poco de interés, o curiosidad, tuviese libre acceso. Tal vez soy demasiado transparente, pero ¿saben algo? Finalmente entendí muchas cosas de mi vida, que me definen, y he aprendido que sólo viviendo con ello puedo ser feliz, porque así soy.
Comparto con ustedes otro texto que escribí en noviembre del año pasado, poco antes de cumplir los 30. Un abrazo,
Liz

5 de noviembre de 2005, Los Cabos, Baja California Sur.
Dicen que la vida comienza a los 40. Hoy empiezo a creer que es así porque, finalmente, he llegado a entender cosas que a los 20 no sabía. Es como si, de pronto, todo lo que he vivido durante los últimos nueve años, hubiese hallado la oportunidad de madurar.
Seguro que influye el factor de que el tiempo no pasa sólo para mí: hoy platico más a fondo con mis amigos y entiendo la diferencia entre pasión, sexo, enamoramiento y amor. He llegado al punto en que me empiezo a sentir plena y ello me hace encarar con satisfacción lo que muchas mujeres me han dicho que suele ser un cambio dramático: pasar de los “tes” a los “tas”; es decir, dejar de ser una veinteañera y convertirme en una mujer de 30.
Suelo decir que la edad es un estado anímico y mental, más que físico, porque así lo creo. Y también digo que, hasta ahora, estoy contenta –mas no satisfecha– con lo que he logrado. Pero apenas empiezo a vivir: quiero comprar un carro, una casa, saldar deudas, volar en globo, snorkelear en Cancún y aprender a bailar tango.
Quiero un día tener el valor y la estabilidad económica suficiente para dejar mi empleo por unos meses y recorrer México, mochila al hombro, buscando anécdotas que recopilar. Tal vez me enamore de una casita en la sierra o la playa y decida dejar la saturada capital buscando una vida de mejor calidad.
Pero tal vez me enamore de algún otro país cuando cumpla mi sueño de viajar por América Latina: quiero ver el canal de Panamá con mis propios ojos; volver a San José, en Costa Rica; ir a Machu Pichu, en Perú; en Colombia, visitar Cartagena, Cali y Bogotá; conocer el estilo de vida del que tanto me han hablado en Santiago de Chile; comprobar en Caracas si las venezolanas son tan guapas como dicen; bailar un tango en Buenos Aires y el carnaval en Río de Janeiro...
No sé si sea la distancia que me separa de mi hogar en estos momentos o la magia de la playa en la noche, pero hoy, por primera vez en mucho tiempo, tengo espacio y tiempo para meditar.
Será que estoy envejeciendo, pero siento que ya no encajo en los antros y prefiero las fiestas y los salones de baile, las peñas o, incluso, un bar tranquilo donde escuchar jazz o bailar pegado con tu pareja.
Esta noche descubrí, finalmente, la figura de Orión entre los cientos de estrellas que mi mermada visión alcanzó a distinguir en el cielo. También he identificado a la Osa Menor y la Mayor, sin ayuda de nadie. Y, por primera vez en mi vida, vi una estrella fugaz.
No me queda más que agradecer lo aprendido y brindar por lo vivido, y pedirle a Dios que me permita vivir lo suficiente para ver crecer a mi hija y cumplir mis sueños. Y cuando llegue mi cumpleaños número 30 lo festejaré con bombo y platillo, como se celebra a quien acaba de nacer.

Tuesday, September 26, 2006

The final countdown

Escribí esto hace un año y días, el 9 de septiembre de 2005, pero ahora, con los días en cuenta regresiva hacia un encuentro que no creí que pudiera darse, me ha dado por releerlo y publicarlo aquí:

Sucedió en Mérida, Yucatán, a finales de octubre de 2004, durante un congreso internacional de seguridad informática. Casi a un año del evento, pocas cosas recuerdo con claridad: el tema de algunas sesiones, el extremadamente temprano horario de la comida (a las 12:30 pm), un par de entrevistas interesantes, una conversación sobre alimentos mexicanos y las diferencias semánticas del lenguaje entre mis compatriotas y los asistentes de otros países de América Latina.
El resto de los dos días que estuve en el congreso son vagos recuerdos de la gente que conocí, a excepción de un colombiano silencioso del que solo obtuve su nombre, cargo y correo electrónico de su trabajo. Apenas cruzamos palabra durante el evento, a pesar de que nos reuníamos a comer con el mismo grupo de gente. Sin embargo, hubo un momento que quedó grabado en mi memoria por motivos indescriptibles.
Hoy, después de diez meses, no me queda lugar a dudas de que seguiré recordando ese breve instante por mucho tiempo más.
El segundo día de mi estancia en Mérida, durante el almuerzo, Jorge –el colombiano– estaba sentado frente a mí, en una mesa para aproximadamente diez o doce personas. En el grupo se contaban algunos mexicanos, costarricenses y otros colombianos; varios estábamos bebiendo agua de horchata, bebida tradicional mexicana hecha a base de arroz.
Alguien preguntó cómo se preparaba y un amigo empezó a explicar el proceso... solo que estaba algo incompleto. Debo aclarar que yo cocino poco y mal pero –por suerte para mi acervo cultural– hacía poco había leído en una caja de harina de arroz el procedimiento para preparar atole y agua de horchata, así que procedí a interrumpirlo y completar la explicación.
Mientras hablaba, miré rápidamente al frente y, al hacerlo, Jorge, que parecía estar pendiente de mi plática, esbozó una rápida sonrisa. Yo apenas le sonreí y miré hacia otro lado... la verdad es que temía que si seguía viéndolo perdería el hilo de la conversación, me sonrojaría y empezaría a tartamudear, como ya me había sucedido en un par de ocasiones anteriores.
A la fecha, mantengo contacto esporádico con él a través del correo electrónico y el messenger, pero casi todos los días recuerdo, en algún momento, esa breve sonrisa que a pesar del tiempo permanece... tal como quedaba dibujada en el aire la sonrisa del gato de Cheshire –el de Alicia en el país de las maravillas– aún después de que el animal hubiese desaparecido.

Eso fue hace un año... después se dió una conexión especial, con todos los extraños matices de un sentimiento, que por lo virtual del asunto se me antoja irreal. Ausencias y reencuentros van y vienen, y a final de cuentas, en poco menos de un mes, llegará el momento de la verdad...

Sunday, August 13, 2006

La encrucijada

¿Por qué lo hiciste? Le preguntaba furioso Adrián a su novia desde hacía tres años, Marcela. ¿Por qué? Y en cada cuestionamiento el rostro se le desfiguraba, enrojecido de ira, sólo de recordar la escena que acababa de atestiguar.
Marcela lloraba inconsolable, incapaz de emitir una sola palabra. Sabía que nada de lo que dijera podría cambiar lo sucedido. Cuando lo vio en el camino, con la mirada desconcertada y el alma destrozada, lo primero que pensó fue ¡Dios! ¿Por qué no me avisó que venía? Pero inmediatamente la invadió una oleada de pensamientos y remordimientos. ¿Habría hecho las cosas distinto de saber que lo vería? De ser así, ¿lo habría hecho por la convicción de querer estar con él o solo por el temor de que Adrián se enterara de su amorío? Ahora, mientras lo escuchaba, mientras lo veía desfallecer tratando de contener su impulso de matarla, sólo pensaba, una y otra vez, que si tuviera una sola oportunidad de cambiar las cosas lo haría sin chistar.
Sí, de haber sabido que al final del camino él estaría ahí, con ella, nunca habría abierto la puerta de su corazón a Jacinto. Pero Adrián estuvo ausente tantas veces, cuando ella lo necesitaba, mientras que Jacinto se hizo presente cada día más, desde que se conocieron. Este pensamiento le dio el valor para hablar, finalmente.

- No me eches a mí toda la culpa -se defendió. Adrián la miró iracundo y extrañado.
- ¿Y entonces a quién? -le preguntó. - ¿Al imbécil ése que te estaba manoseando?
- No... porque bien pudo ser otro.
Esta declaración confundió aún más a Adrián, quien a duras penas se contuvo de decirle que era una zorra cualquiera que sólo esperaba ver quién se le ponía enfrente para desahogar sus perras ganas de revolcarse.
Marcela entendió todo esto en su mirada y, a sabiendas de que no tendría más que unos pocos minutos de atención, habló lo más clara y rápidamente que pudo, tratando de que cada palabra suya fuese entendida por el bloqueado cerebro de su novio.
- ¿Recuerdas esta banca? Nos conocimos aquí hace tres años. Regresamos cada semana, cada día, no importaba si llovía o hacía un calor del demonio. No importaba tampoco la hora, pues nos esperábamos, así fuese todo el día. Hasta que decidimos trabajar duro por la casa de nuestros sueños, a donde llegaríamos todas las noches y ya no nos separaríamos más. Pero por más trabajo que tuviera, yo seguí viniendo aquí cada día, durante meses. Te esperé bajo la lluvia del verano y en medio del frío viento que tira las hojas de los árboles en otoño. Aún pudo mi corazón resistir el embiste de tu ausencia bajo el gélido invierno, pero, al llegar la primavera, una tarde encontré a alguien en esta banca.
Me dijo que tenía mucho tiempo viendo cómo pasaba los días sola, como esperando un milagro, con la mirada puesta en ese camino por el que llegaste hoy, por el que llegaste muchas veces antes, empapado de lluvia o de sudor, tras caminar largo rato bajo el sol. Te escribí muchas veces, la mayoría, sin respuesta, y a veces recibí un recado escueto no me permitía saber si, a pesar de lo duro de tu empleo, me tenías tan presente en tu alma como yo a tí en la mía.
A pesar de todo, vine semana tras semana, con la esperanza de encontrarte, pero seguía encontrándolo a él en esta banca, y no a tí. Hasta que un día, me descubrí buscándolo a él. De modo que no te culpo, pero tampoco puedes tú cuestionarme de esa forma, cuando hace mucho que mi corazón te siente lejos y ajeno.

Marcela supo que Adrián la había escuchado porque él permaneció apenas unos segundos en silencio, tratando de asimilar lo que le dijo. Ella aprovechó ese instante para dar la vuelta y salir corriendo de ahí. Se alejó lo más que pudo, con la velocidad de quien lleva al diablo pisándole los talones. Y mientras lo hacía, sólo una idea quedó en su cabeza: el día que conoció a Jacinto, cuando su corazón dio un vuelco al ver esa sonrisa torcida y encontró sus ojos calmados. En ese momento ella supo que su vida podría cambiar, de no mandarlo al demonio... y no lo hizo.
Si hoy pudiera volver el tiempo atrás, a esa encricijada del camino, ¿cuál sería su decisión?

Wednesday, July 26, 2006

Camila puede volar

Cuando vio el noticiero no pudo creerlo... Ahí estaba él, parado en la cornisa de un alto edificio, amenazando con aventarse al vacío. Camila se quedó paralizada, ella había imaginado esa escena mil veces pero nunca creyó que pudiese convertirse en realidad. Tampoco imaginó nunca el temor que la invadió repentinamente: ¿cuál sería el desenlace? En su cabeza, ella tenía claro el final, pero en la realidad las posibilidades eran inmensamente distintas.
En fracción de segundos su mente regresó a los años en los que ella pasaba horas encerrada en el clóset de su habitación, creando historias en las que se comunicaba telepáticamente con otros seres que, al igual que ella, cayeron en este mundo por alguna equivocada razón y debían aprender a vivir entre los humanos, sintiendo siempre esa ausencia, ese vacío, esa falta de pertenencia.
En esos instantes de oscura soledad, Camila conoció a Mark, un joven que sentía algo extraño en su interior, como si por su sangre corriera una sustancia misteriosa que estuviera trabajando en su genética para transformarlo en algo distinto. También estaba Mariana, quien le confesaba una extraña e intensa atracción por el agua y la vida submarina. Mariana era capaz de bucear por largo tiempo sin necesidad de tanques de oxígeno... ella decía que su destino era ser una sirena y que tarde o temprano se convertiría en una, motivo por el cual pasaba tanto tiempo como podía en el mar, hasta que su familia se mudó a la ciudad.
La familia de Camila se preocupó por su fértil imaginación y después de terapias continuas ella dejó de aislarse en el clóset. Sin embargo, mantenía conversaciones mentales con Mariana, Mark y otros seres que ella consideraba engendros de su imaginación. Poco a poco, se fue aislando de estos seres... sobre todo cuando Mariana le confesó haber huido de su casa para ir a vivir al mar y Mark le dijo que finalmente su cuerpo estaba siendo modificado y que de la espalda le salían alas.
Mandó a volar a Mark y ahogó a Mariana en lo más profundo de su interior... y siguió su vida, hasta que una tarde miró extrañada las imágenes del televisor. Ahí, en lo alto de un conocido edificio, estaba Mark. Se veía mucho más hermoso de lo que ella lo hubiera imaginado jamás, con su tez morena, su cabello largo, lacio y oscuro, su torso limpio y torneado, y un par de enormes alas blancas, que brillaban con la luz del sol.
Camila supo que esa era la primera ocasión que él intentaría volar. En su imaginación, él siempre conseguía hacerlo; simplemente se elevaba graciosamente por sobre los edificios y se alejaba, hacia las nubes. Pero en la realidad, pensaba, sabría Dios si en verdad podría hacerlo. Un grito mudo quedó en su garganta al verlo saltar... no era como lo había pensando tantas y tantas veces... Mark cayó al vacío y a ella la invadió la angustia durante los brevísimos instantes que le tomó al camarógrafo seguir la figura en picada. De pronto, esas alas se extendieron y empezaron a agitarse, elevando a Mark por sobre los edificios, hacia las nubes...
Camila se quedó congelada viendo la repetición de esa escena en el noticiero, pero ya no escuchaba lo que decían los reporteros. Una sola idea le cruzaba la mente: si Mark era cierto, entonces lo que yo siento también.
Así, subió las escaleras del edificio de departamentos donde vivía hasta llegar a la azotea. Ahí, extendió sus brazos hacia el cielo y con toda la fe de la que era capaz se dejó elevar por la energía que contenía en su ser desde años atrás, desde siempre. Ella sólo sintió que se elevaba. Algunas vecinas que atestiguaron el hecho dijeron que la vieron desvanecerse entre los rayos del sol...

Friday, July 14, 2006

De por qué me gusta escribir

"Toda lectura es un viaje, una salida, un éxodo, una expatriación, al tiempo que un retorno, un regreso, una repatriación, un inxilio. La lectura no sólo nos remueve y conmueve, nos estremece y arranca del lugar donde solemos estar, sino que también nos arraiga y afianza, nos apuntala y sostiene en nuestros sueños y proyectos.
La lectura me introduce en una corriente centrífuga y centrípeta al mismo tiempo. Gracias a este doble movimiento es posible que yo encuentre, me pierda y me encuentre, exprese y me exprese, lea y me lea, escriba y me escriba-inscriba."

Jorge Ramírez Caro

Saturday, July 01, 2006

La dentista taxista

El día de hoy escuché una de las anécdotas más fantásticas de mi vida. Sin embargo, a mi pesar debo reconocer la gran probabilidad que tiene de ser verdad, pues las autoridades judiciales de esta Ciudad son menos que poco fiables.
Raquel, de 38 años, es dentista en la delegación Iztapalapa, y desde hace cuatro años maneja un taxi en sus ratos libres para tener un ingreso extra, aunque, a decir de ella, afortunadamente no trabaja doble turno por necesidad, pues le va bien en la consulta y su marido también tiene un empleo.
Mientras me llevaba a mi destino y platicábamos sobre el rumbo político y social del país para los próximos seis años –que se define mañana–, me explicó que había intentado dejar el auto a un chofer que solo le pagara la cuota para no tener que manejarlo ella, pero se lo regresaron golpeado y maltratado.
Así pues, prefiere manejar el taxi cuando tiene tiempo, aunque eso signifique arriesgarse de más, por el simple hecho de ser mujer. Como cuando una patrulla la hizo detenerse, hace poco más de un mes, durante un operativo de rutina.
Los oficiales le pidieron el tarjetón y, después de un rápido vistazo, le dijeron que era falso. Como ella se rehusó a darles “mordida”, la llevaron al Ministerio Público. De acuerdo con Raquel, todos sus papeles están en regla. Además, los oficiales pueden verificar la legalidad de los papeles mediante un sistema que permite escanear el código de barras de las placas del automóvil o realizando una llamada a la Setravi.
“Me dijeron que habían llamado a la Setravi pero no habían obtenido respuesta”, me contó. “Después, me llevaron al Ministerio Público, donde me trataron como a un criminal; no me permitieron mostrarles el resto de los papeles, no me dieron derecho a réplica y se limitaron a decir que ellos realizarían la investigación correspondiente”. Y mientras hacían esto, la pusieron tras las rejas. Así como va.
Su familia contrató los servicios de un abogado defensor… pero Raquel duda mucho del licenciado que atendió su caso. El abogado dijo a su esposo y a su madre que en el Ministerio Público exigían un pago de $30,000 para liberarla, o de lo contrario debía pasar hasta ocho años en la cárcel por falsificación de documentos. Los familiares consiguieron el dinero y Raquel fue liberada.
Lo interesante del asunto es que, después de las negociaciones y el tiempo invertido en el asunto, el abogado no quiso cobrar un solo peso a la familia…
Salvo que sea un alma de la caridad, es obvio que el abogado en cuestión fue parte del secuestro más cínico y surrealista que puede existir: un par de policías que intimidan a una conductora, la llevan al Ministerio Público y la encierran, ofreciendo su liberación a cambio de una buena suma que el propio defensor solicitó a la familia.
Se podría pensar también que el abogado pidió la cantidad mencionada a la familia, en la que ya incluía los gastos por corromper a los funcionarios públicos y unos generosos honorarios.
Las dos opciones son desalentadoras. ¿Cómo pretenden los gobernantes que el pueblo no se manifieste exigiendo mayor seguridad cuando ya no solo debe cuidarse de los delincuentes comunes, sino también de las autoridades judiciales y de quienes procuran la Ley?
De cara a un nuevo sexenio, del que depende el ambiente social y el desarrollo económico de mi país, me pregunto, como muchos otros mexicanos, por qué seguimos pensando que la cura vendrá como inyección de penicilina al escoger al candidato mesiánico, aquél que cambiará todo el régimen y de la nada hará que en México no haya delincuencia, ni inseguridad, ni pobreza, ni ignorancia, toda vez que el crecimiento económico será notorio. Claro, todo lo anterior, sin que la gente tenga que cambiar sus hábitos y costumbres.
Un gran sueño… o mejor dicho, sueños de grandeza que los tres candidatos al poder ofrecen a un pueblo ávido de chupar el atole del dedo que se les ofrece.

Thursday, June 29, 2006

¿Quién se ha llevado mi esencia?

Hay quien dice que en este mundo hay seis personas idénticas a uno. Será que, a veces, cuando Dios decide dar vida a un nuevo ser, el chorro de agua de vida se dispersa y cae en siete almas distintas, que, desde entonces, quedan unidas en su esencia, por toda su existencia.
El problema es que cada uno de estos siete bebés absorbe ciertas cualidades que definen su carácter, por lo que los siete andan por la vida incompletos, faltos de uno o varios rasgos que los definan como personas completas, sintiéndose eternamente fuera de lugar.
Alguno tal vez absorbió mas fuerza de espíritu, pero le falta ternura. El tierno es más blando de corazón, pero también es desidioso. Aquél que tiene la voluntad férrea por salir adelante y tener éxito, carece de carisma, y el carismático, por su parte, tiene la mente dispersa: no sabe qué hacer con su existencia.
Así, los siete buscan en otras personas lo que alguno de sus seis hermanos espirituales tiene, y no es hasta que se encuentran que finalmente hallan el complemento que requieren. De ahí viene la leyenda de las almas gemelas.
Pero no todos tendrán suerte de encontrarse, pues estas almas han sido destinadas en el cielo para morar en los cuerpos de siete bebés ubicados en puntos geográficos totalmente distanciados... Incluso, los tiempos de nacimiento pueden variar por días, semanas o hasta años. Ni el glorioso fenómeno de la globalización podría hallar y unir a estas siete almas dispersas.
Pero queda la esperanza: cuando uno de estos siete muere, su esencia, incompleta aún para subir al cielo, busca a los otros seis, depositando en uno o varios de ellos los rasgos que definían la personalidad del fallecido.
Así, alguien que toda su vida ha sido un perfecto cobarde de pronto cobra valor; quien ha sido indeciso en un momento se torna decidido y aquél que no ha conocido el romanticismo se convierte en poeta de corazón.
Aquél de los siete que tenga la suerte de vivir más que los otros seis, podrá también gozar de una vida plena y culminar su existencia con el alma llena, misma que, una vez reunidas todas sus partes, podrá regresar al cielo de las ánimas a rendir cuentas y redimirse, para unirse nuevamente al flujo de la vida y tener la oportunidad de volver a la Tierra, pero esta vez, claro, lo hará en una sola pieza. Ya no jugará entre los dedos de Dios ni se divertirá dividiéndose en tantas partes como los colores del arcoiris...

Dicho lo anterior, imagino que así es como se han creado mitos y leyendas. Así es como los religiosos de todas las culturas han diseñado las imágenes e historias de sus santos y dioses. En realidad, mi fantasía vuela alto, pero mi fé se apega a las enseñanzas bíblicas.
Además, si algo hubiera de cierto en mi relato, seguro que habría muchas personas buscando a sus hermanos espirituales para eliminarlos y fortalecerse, al típico estilo de Highlander o, más recientemente, de Jet Li en El único.
Lo cierto es que seguramente a más de uno nos gustaría saber que hay una esperanza de adquirir aquéllos rasgos que nos han definido porque carecemos de ellos, como voluntad, disciplina, fé, disposición, valor, integridad, ética, honestidad, amor, paz, coraje, decisión, carisma, ternura, sabiduría, visión, tenacidad e inteligencia, entre otros.

En un momento de transiciones importantes en una etapa que bien puede definir mi vida, quisiera hallar la respuesta a la pregunta del título de mi comentario de hoy...

"Now look at me, instead of moving on I refuse to see that I keep coming back. Yeah, I'm stuck in a moment that wasn't meant to last. I try to fight it, can't deny it, you don't even know..." (Backstreet Boys)

"Frases de algún diccionario que robo y regalo, y luego es difícil echar hacia atrás. Frases que vuelvo promesas y luego me pesan porque las promesas empiezan a atar. (...) Luz y sombra es mi camino, porque no se a dónde voy; porque amo y luego olvido, porque hoy sí, mañana no. Yo no se qué buscarás en mi combinación entre amarillo y gris. ¿Cómo te explico, cómo te explico que no? (...) Luz y sombra es mi camino, porque no se a dónde voy; porque amo y luego olvido, porque hoy sí, mañana... Porque no se lo que quiero, y me vuelvo a equivocar, y te busco si me muero y te vuelvo a lastimar." (Flans)

Wednesday, June 21, 2006

Sólo por escribir

Solo por no dejar de hacer lo que me gusta, solo por escribir, por dejar que fluya lo que pienso, lo que siento... mil ideas para cuentos, revueltas en mi cabeza, esperando el momento en que finalmente el papel y la pluma, o los bits de una computadora, les den forma.
En mi mente, eternamente fuera de lugar, viven extrañas criaturas subterráneas que se alimentan de las almas de los suicidas del metro; espíritus submarinos que viven atrapados en el mar, víctimas de naufragios, hasta el día del Juicio final; ángeles y demonios; mutantes, seres super dotados; escenas futuristas de guerras y carencias, de alianzas entre pueblos para derrotar a lo sobrenatural...
Historias, crónicas, ensayos y cuentos esperan para ser plasmados, para ser leídos y destrozados, para vivir tal vez solo unas pocas horas, pero para ver por fin la luz y salir de la telaraña mental en la que viven confinados desde hace muchos, muchos años, compartiendo un espacio cada vez más reducido para tantos nuevos personajes, conviviendo entre sí, mezclándose y creando nuevas historias donde héroes y criminales, por igual, terminan encerrados en la oscuridad de mi cerebro.

Sunday, June 04, 2006

La vida es como un carrusel

Cíclica. Siempre dando vueltas, siempre girando y volviendo al mismo punto. Siempre subiendo y bajando. Y, aunque hay sus excepciones, siempre predecible.
El punto es saber cuándo bajarse. Cuándo se cansa uno de verle el rabo al caballo de enfrente, de pisar la mierda que dejan los que van adelante. Cuándo despierta uno de su realidad, como en Matrix, y decide bajarse del caballo, el cerdo, el elefante o el correcaminos en el que se encuentre montado. Dejar ese carrusel y buscar su sueño en los carritos chocones, la montaña rusa o la canoa krakatoa.
El punto es que no todos sueñan. Y de los que sueñan, algunos se conforman. De los que no se conforman, no todos se atreven a dar el paso para cambiar su vida. De los que se atreven, algunos están confundidos. De los que sí saben lo que quieren, algunos no saben cómo lograrlo. ¡Dios! Eso reduce bastante el porcentaje de los que consiguen lo que quieren en esta vida, ¿verdad?
Pero olvidé el factor "yo-te-quiero-y-creo-que-no-vas-a-conseguirlo,-mejor-no-lo-hagas-para-que-no-te-des-el-frentazo-de-tu-vida". Frecuentemente, éste es encarnado por familiares o amigos que intentan convencer a los audaces de que es mejor ir a lo seguro. Tristemente, consiguen sus objetivos en los más tímidos o de voluntad más débil.
Todo lo anterior se resume en una sola idea: ahora que me enfrento a un punto decisivo de mi vida, ¿en cuál de las categorías que mencioné arriba encajaré? ¿Tendré el valor de bajarme de este monótono carrusel para cambiar mi vida, a pesar de los comentarios y los riesgos asociados?