Día de Muertos en México.
Mucha gente en mi país aprovecha este día para visitar cementerios e iglesias, para llevar flores a las tumbas y nichos de sus familiares o amigos fallecidos. Es un día para recordar a todos aquéllos que se han ido.
Como evangélica, yo no creo que los muertos se puedan comunicar con los vivos. La Biblia dice que no es así. Y colocar un altar lleno de simbolismos va en contra del mandamiento de no tener imágenes que adorar. Tampoco creo que el espíritu de mis muertos regrese a regocijarse con la comida que tanto les gustaba.
No, yo creo que quienes se han ido, si se pusieron en manos de Dios antes de morir, ahora están en un plano espiritual que les llena de un regocijo incomparable. ¿Qué necesidad tendrían de ansiar la comida terrenal cuando ahora pueden experimentar la gloria de Dios en todo su esplendor?
La Biblia dice que nosotros, en nuestro cuerpo humano, solo vemos y entendemos una fracción del mundo y la divinidad de Dios. Aquéllos que se adelantaron y ahora están con Cristo, son capaces de percibir todo el esplendor de su poder, la magnitud de la creación, no sólo en este minúsculo punto del universo que es la Tierra, sino en el universo en sí. Es un espacio infinitamente grande, con una medida de tiempo completamente distinta, y las almas de los creyentes que han fallecido seguramente no terminan de deleitarse con toda la Creación.
Sin embargo, reconozco que, a veces, nuestros seres queridos fallecidos pueden aparecerse en nuestros sueños. Lo sé porque me ha pasado (y a mi hermana también). A veces hablan con nosotras, otras veces no, pero de alguna forma se las ingenian para dejar claro un mensaje: ellos están bien y desde donde están siguen velando por nosotros.
Y cuando digo que siguen velando por nosotros no me refiero a que tengan poderes divinos dignos de santificar su imagen y adorarles en un altar. No. Si acaso, al igual que los ángeles, su espíritu tiene la capacidad de rondar cerca, de cuando en cuando, y enviar señales que nos permitan alejarnos del peligro. Quizás alguna vez, también, su esencia nos abrace y nos consuele en un momento de tristeza.
Esta es la razón por la que yo no coloco un altar con ofrendas y adoración a imágenes de muertos. Pero sí recuerdo a mis seres queridos fallecidos. Claro que sí, y con mucho cariño.
Siendo honesta, aunque a lo largo de mis 43 años he asistido a varios funerales de gente cercana, lo cierto es que sólo ha habido tres muertes verdaderamente significativas para mí: tres grandes mujeres de mi familia; mi prima María Elena (Manena), mi abuelita materna y mi mamá.
Mi prima y mi mamá se fueron, tal vez, antes de tiempo... o eso decimos quienes nos quedamos vivos. Antes de tiempo porque esperaríamos que nuestros seres queridos tengan vidas largas y plenas, pero Manena falleció a sus 26 años, en la flor de la vida, debido a un ataque de epilepsia, una enfermedad que la azotó con tanta fuerza que la obligó a dejar de trabajar y la confinó a su casa, a no salir nunca sola, a no estar nunca sin vigilancia. Unos días antes del ataque epiléptico fulminante, ella me dijo que ya no quería seguir viviendo así. Y Dios la escuchó. Y como sólo Él conoce los tiempos de cada uno, ¿quién sabe si de verdad ella se fue antes de tiempo o ya había llegado su hora?
Recuerdo bien que cuando recibí la llamada para avisarme de la muerte de mi prima, yo pensé que me dirían que era mi abuelita quien había fallecido. Ella ya llevaba algunos años enferma y ya pasaba de los 80, era algo que en el fondo todos esperábamos. Pero no. Mi abuelita vivió casi hasta los 92 años. Atrofiada, sí, llena de medicamentos, pero con unas ganas de vivir que contagiaba a los demás. Aunque ya no podía escuchar bien, ni ver bien, y había que llevarla a todas partes en silla de ruedas, mi Lita no quería morir hasta ver que sus hijas, sus nietos y sus bisnietos estaban bien. Esa mujer nos dejó muchas lecciones de vida. Y aunque su muerte fue sentida, no fue triste, porque sabíamos que, ella sí, había cumplido su tiempo en esta vida.
La muerte de mi mamá me pegó más. Ver cómo esa enfermedad terrible consumió su cuerpo en medio de dolores indescriptibles fue muy duro. Durante toda la vida tuvimos una relación con altibajos, pero no fue sino hasta hace poco que entendí que esos cambios de carácter tan rudos de mi mamá se debían a su enfermedad. Muy tarde para comprenderla y ayudarla. Y hoy la extraño más que nunca.
Estas tres mujeres están siempre en mis memorias, en un nicho muy especial en mi corazón. No necesito ponerles ofrenda en un altar un día al año porque su recuerdo vive conmigo todos los días. Las extraño. Las pienso mucho. Y sé que volveré a verlas algún día. Pero espero que sea dentro de muchos años, pues aún tengo una mujercita aquí por la que debo ver yo, y no quiero irme antes de tiempo para ella.
Saturday, March 20, 2010
Adiós, abuela Carmen
Hace semanas no escribo nada... he tenido ganas de pasar por aquí muchas veces pero por una u otra razón no lo había hecho. Sin embargo, este día lo amerita.
En la madrugada dejó de existir una de mis abuelas, la mamá de mi papá, una señora que durante muchos años admiré por considerarla una mujer robusta y animosa, de carácter firme, madre de cinco hijos, abuela de 15 nietos y bisabuela de siete pequeños y una que está casi por nacer...
A Carmen Torres, Carmela -como le dicen alguno de mis primos-, le debo las primeras pruebas de inteligencia que nos realizaron. Todos en la familia pasamos por ello, pues mi abuela era maestra y llegó a ser directora de una escuela para niños con problemas mentales, así que se encargó de realizar a sus nietos una valoración temprana, je...
Reconozco que no la he llorado nada aún... siempre me cuesta trabajo que ciertas noticias pasen el filtro y lleguen a mis sentimientos. Pero también es que mi papá se empeñó tanto en que no tuviéramos contacto con su familia al principio, y luego sus propios hermanos así lo permitieron, que aún cuando ya crecimos y hemos sido mis hermanos y yo quienes buscamos a la abuela y a mis tíos, fue muy difícil establecer un lazo profundo.
No así para mi hermana, quien si estrechó relaciones con mi abuela y esta noticia la tiene llorando desde anoche.
Yo logré dormir, esperando a que nos llamen para decirnos a dónde tenemos que ir, pero desperté con una sensación de pérdida, y fue cuando me vino a la mente que a mi abuela Carmen le debo el privilegio de haber viajado a Francia, donde no solamente conocí París, sino también Chantilly y Normandía, el lugar donde desembarcaron los aliados el famoso día D, durante la Segunda Guerra Mundial.
Mi abuela era una mujer dedicada, respetuosa, un tanto seca pero cariñosa a su manera; cada año nos reuníamos todos en su casa, sin falta, el 5 de enero para abrir los regalos que ella preparaba para todos y cada uno de sus hijos, yernos y nueras, nietos, esposos y esposas de los nietos, y bisnietos. Casi 40 regalos... detalles casi siempre, a veces, algo más... supongo que con su partida se termina también la ocasión de reunirnos para seguir recibiendo "al niño dios" -porque con ella no eran los Reyes Magos, sino el niño Dios.
Estoy segura que la altura de mi hija se debe en gran parte a los genes de mi abuela Carmen, pues siempre fue una mujer alta y fuerte. Mi ex dice que su abuelo materno también era alto, y tal vez entre su abuelo y la mía logramos a la niña enorme que tenemos hoy... no hay de dónde más...
Mi abuela, quien nunca permitió que la llamáramos cariñosamente: abuelita, alojó a mi papá en su casa cuando él ya no tuvo más opción ni a dónde ir, de manera que ahora que mi papá es quien cuida a mi hija por las tardes, mi nena tuvo mucha oportunidad de convivir con ella, y yo siempre le agradecí que permitiera que Valeria pasara casi todas las tardes en su casa... aún no le he dicho a mi hija, por cierto... sigue dormida... pero tendré que decirle y supongo que la entristecerá.
El recuento de los recuerdos, la sensación de saber que mi hija estará triste y la empatía por quienes le sobreviven a mi abuela y que seguramente no la están pasando nada bien (mis tíos y primos, mi papá y mi hermana), me han provocado un nudo en la garganta. Sin embargo, no puedo llorar, no me sale aún...
Seguramente al rato, en el sepelio, inundada del sentimiento de pérdida de quienes convivieron más con ella, se quebrará esta barrera, este filtro emocional que ahora me bloquea, y me desahogaré de lo poco o mucho que me duele. Sé también, ya por experiencia, que a mí las pérdidas me pesan después, cuando el tiempo hace más notorias las ausencias... así que no me sorprendería que mi luto empiece en cuanto vea a mi familia en el sepelio y continúe hasta que yo entienda finalmente lo que significa para toda esta familia haber perdido a su pilar.
Estoy también tranquila porque tuve la oportunidad de despedirme, pues ya sabíamos que estaba mal. Pero de cualquier forma, uno nunca se espera el día en que recibirá una noticia así... al menos yo no esperaba la llamada de mi papá, sino de mi mamá, pues mi otra abuela también está muy mal ya, a sus casi 91 años...
Carmen falleció el 20 de marzo de 2010, poco antes de cumplir 87 años. Que Dios la tenga en su seno... como dicen algunos: nos volveremos a ver.
Por lo pronto, ya se despertó mi hija y debo prepararme para darle la noticia.
Adiós abuela. Gracias por las lecciones de vida, por mantener unida a la familia Pérez, por los detalles, por el apoyo... Gracias por París, por el Museo de Louvre, los Champs Elisee y la vista desde la Tour Eiffel. Gracias por el cariño, por las chambritas para Valeria, por las largas horas de lectura en tu biblioteca, en las que me chuté toda la colección de clásicos infantiles... gracias por mantener abiertas las puertas de tu casa para todos.
Descansa en paz, Carmela. Te sobrevive tu numerosa familia, quien no dejará que tu memoria se borre.
En la madrugada dejó de existir una de mis abuelas, la mamá de mi papá, una señora que durante muchos años admiré por considerarla una mujer robusta y animosa, de carácter firme, madre de cinco hijos, abuela de 15 nietos y bisabuela de siete pequeños y una que está casi por nacer...
A Carmen Torres, Carmela -como le dicen alguno de mis primos-, le debo las primeras pruebas de inteligencia que nos realizaron. Todos en la familia pasamos por ello, pues mi abuela era maestra y llegó a ser directora de una escuela para niños con problemas mentales, así que se encargó de realizar a sus nietos una valoración temprana, je...
Reconozco que no la he llorado nada aún... siempre me cuesta trabajo que ciertas noticias pasen el filtro y lleguen a mis sentimientos. Pero también es que mi papá se empeñó tanto en que no tuviéramos contacto con su familia al principio, y luego sus propios hermanos así lo permitieron, que aún cuando ya crecimos y hemos sido mis hermanos y yo quienes buscamos a la abuela y a mis tíos, fue muy difícil establecer un lazo profundo.
No así para mi hermana, quien si estrechó relaciones con mi abuela y esta noticia la tiene llorando desde anoche.
Yo logré dormir, esperando a que nos llamen para decirnos a dónde tenemos que ir, pero desperté con una sensación de pérdida, y fue cuando me vino a la mente que a mi abuela Carmen le debo el privilegio de haber viajado a Francia, donde no solamente conocí París, sino también Chantilly y Normandía, el lugar donde desembarcaron los aliados el famoso día D, durante la Segunda Guerra Mundial.
Mi abuela era una mujer dedicada, respetuosa, un tanto seca pero cariñosa a su manera; cada año nos reuníamos todos en su casa, sin falta, el 5 de enero para abrir los regalos que ella preparaba para todos y cada uno de sus hijos, yernos y nueras, nietos, esposos y esposas de los nietos, y bisnietos. Casi 40 regalos... detalles casi siempre, a veces, algo más... supongo que con su partida se termina también la ocasión de reunirnos para seguir recibiendo "al niño dios" -porque con ella no eran los Reyes Magos, sino el niño Dios.
Estoy segura que la altura de mi hija se debe en gran parte a los genes de mi abuela Carmen, pues siempre fue una mujer alta y fuerte. Mi ex dice que su abuelo materno también era alto, y tal vez entre su abuelo y la mía logramos a la niña enorme que tenemos hoy... no hay de dónde más...
Mi abuela, quien nunca permitió que la llamáramos cariñosamente: abuelita, alojó a mi papá en su casa cuando él ya no tuvo más opción ni a dónde ir, de manera que ahora que mi papá es quien cuida a mi hija por las tardes, mi nena tuvo mucha oportunidad de convivir con ella, y yo siempre le agradecí que permitiera que Valeria pasara casi todas las tardes en su casa... aún no le he dicho a mi hija, por cierto... sigue dormida... pero tendré que decirle y supongo que la entristecerá.
El recuento de los recuerdos, la sensación de saber que mi hija estará triste y la empatía por quienes le sobreviven a mi abuela y que seguramente no la están pasando nada bien (mis tíos y primos, mi papá y mi hermana), me han provocado un nudo en la garganta. Sin embargo, no puedo llorar, no me sale aún...
Seguramente al rato, en el sepelio, inundada del sentimiento de pérdida de quienes convivieron más con ella, se quebrará esta barrera, este filtro emocional que ahora me bloquea, y me desahogaré de lo poco o mucho que me duele. Sé también, ya por experiencia, que a mí las pérdidas me pesan después, cuando el tiempo hace más notorias las ausencias... así que no me sorprendería que mi luto empiece en cuanto vea a mi familia en el sepelio y continúe hasta que yo entienda finalmente lo que significa para toda esta familia haber perdido a su pilar.
Estoy también tranquila porque tuve la oportunidad de despedirme, pues ya sabíamos que estaba mal. Pero de cualquier forma, uno nunca se espera el día en que recibirá una noticia así... al menos yo no esperaba la llamada de mi papá, sino de mi mamá, pues mi otra abuela también está muy mal ya, a sus casi 91 años...
Carmen falleció el 20 de marzo de 2010, poco antes de cumplir 87 años. Que Dios la tenga en su seno... como dicen algunos: nos volveremos a ver.
Por lo pronto, ya se despertó mi hija y debo prepararme para darle la noticia.
Adiós abuela. Gracias por las lecciones de vida, por mantener unida a la familia Pérez, por los detalles, por el apoyo... Gracias por París, por el Museo de Louvre, los Champs Elisee y la vista desde la Tour Eiffel. Gracias por el cariño, por las chambritas para Valeria, por las largas horas de lectura en tu biblioteca, en las que me chuté toda la colección de clásicos infantiles... gracias por mantener abiertas las puertas de tu casa para todos.
Descansa en paz, Carmela. Te sobrevive tu numerosa familia, quien no dejará que tu memoria se borre.
Thursday, August 20, 2009
¡Mamáaaaaaaa!
Adoro a mi hija. Neto que sí. Pero a veces me exaspera escuchar su linda voz gritarme: "¡Mamáaaaa!" continuamente. Cuando su tío Paco la molesta, llega a gritar tanto que a veces opto por irme a mi lugar feliz. Y es que no siempre puedo llegar a liberarla de su tío porque ya he cachado que muchas veces grita por nada, y otras tantas va y se le pone enfrente para que la moleste.De verdad. A veces me saca de mis casillas, con todo y lo que adoro su vocecita. Esa voz que cuando hablamos por teléfono me hace recordar el día en que la traje al mundo y vi por vez primera sus ojitos.
Créanme que cuando la siento en peligro, o asustada, o que en verdad está padeciendo algo, su voz gritando "¡Mamáaaa!" es capaz de hacerme brincar como tigre y voltear el mundo de cabeza para que el suyo esté bien.
Y hoy sé que será así aunque ella tenga 30 años o más, jejeje... ese aprendizaje se lo debo a ella... y a mi propia madre, que a sus más de 50 años aún tiene que escuchar a sus treintones hijos llamándola a gritos para que los atienda.
¿La prueba? El sábado pasado, en Tequisquiapan, fuí víctima del ataque brutal de una abeja. Hacía mucho aire, y de alguna manera el bicho se enredó en mis rizos de oro, silenciosamente. No la escuché zumbar, sólo sentí que algo se movía y creí que me había caído una ramita en el cabello, así que con toda confianza me llevé la mano a la cabeza y apreté entre mis dedos esa "basurita".
¡Zas! Nunca antes me había picado un bicho... ¡pero duele horrible! El insecto, furioso y asustado, asestó su golpe mortal... (claro, para él) y mi pobre dedo de inmediato disparó una instrucción a mi cerebro:
¡Mamáaaaaa! grité, mientras tiraba la abeja y buscaba en mi dedo el aguijón. Como ella estaba ocupada en la alberca con mi hija, volví a gritarle: ¡Mamáaaaaaa! A lo que ella, con su inmunidad de 30 años de gritos provenientes de 4 bocotas, se limitó a responder: ¿Qué quieres?
Cual bebé, no pude más que decirle, casi a punto del llanto: ¡Me picóooooo!
No dije qué había sido... pero esas dos palabras fueron suficiente para que dejara lo que estaba haciendo y corriera a mi lado, a ver qué le pasaba a su polluelo lastimado...
¿La conclusión? La abeja murió. Mi dedo sobrevivió. Mi mamá me chiqueó unos momentos. Y a mí me quedó claro que el llanto de un hijo seguirá detonando esa reacción protectora en los padres sin importar qué edad tengan... jeje
Thursday, August 13, 2009
Descubriendo mi historia
¿Cuántos tienen la oportunidad de llegar a los 30 años y que de pronto se presente alguien y les diga: "Hola, somos primos"?Pues a mí me sucedió.
Para no hacer largo el cuento, resulta que por medio de un contacto de trabajo que reenvió la información de los cursos que impartimos, me escribió un chavo que se apellida Arbesú. Se intrigó por mi apellido, pues aquí en México no somos muchos. Pero cuando me dijo cómo se llamaba su abuelo me quedó claro que, en efecto, somos primos.
Preguntando a nuestras respectivas madres, confirmamos que su abuelo y el mío eran hermanos. Intercambiamos algunos correos, luego chateamos y finalmente ayer nos conocimos en persona.

Mi hermano Paco y yo teníamos bastante curiosidad por conocer a este primo porque, francamente, tenemos muchas lagunas históricas en lo que respecta a la familia, sobre todo, en la historia de mi abuelo materno. Así que ésta se antoja como la oportunidad para descubrir esas piezas que nos faltan del rompecabezas familiar.
Aunque ya lo sospechábamos, descubrimos que la versión que tenemos de ciertas cosas es en realidad una imagen que mi abuela quiso construir sobre mi abuelo... pero del dicho, al hecho, hay mucho trecho.
Las cosas que nos contó nuestro primo, sin embargo, no son una desilusión. Es un aprendizaje sobre nuestro pasado que nos ayuda a entender las cosas como son el día de hoy.Todas esas cosas que nos marcan sin querer, sin que sepamos por qué pasan, y de las que tratamos de escapar pero no podemos porque no entendemos la raíz del problema.
Esos lazos familiares nos atan, nos condenan, mientras no los hagamos presentes y declaremos entonces, de manera consciente, que no nos corresponde a nosotros cargar con culpas ajenas.
Así, pues, con la promesa de reunirnos todos los primos de ambas familias, nos despedimos el viernes después de una agradable velada. La idea, además de conocernos, es hallar entre todos esas piezas faltantes, unir esos lazos perdidos que se requieren para hacer el cuadro completo de nuestra historia familiar...
Saturday, April 28, 2007
Sí hay cuartos
Ese parece ser el letrero en la puerta de casa de mi mamá. Así, como en los hoteles de provincia, cuando quieren informar a la gente de que tienen vacantes. Y es que a mi hermano Rodrigo, ese que aparece en la foto haciéndose el borracho, le ha dado por alojar a cuanto amigo se le aparece con problemas emocionales.Uno de ellos estuvo más de un mes en viviendo en casa de mi mamá cuando tronó con su novia porque no quería irse a su casa ya que allá pasaba mucho tiempo solo y tristeando.
Actualmente tiene otro cuate instalado ahí hace ya varios meses porque su mamá vive en La Paz y él se vino a buscar oportunidades aquí. Le está yendo bien, ha conseguido buenos papeles como actor, pero no les cuento el tiradero que deja por toda la casa. Al menos cocina rico, jejejejeje. Además, es niñero y trata bien a mi hija :P
Al último de los huéspedes de esta seudo casa-hogar-para-jóvenes-con-disturbios-emocionales me lo topé de frente la semana pasada y la verdad que fue sorpresivo porque no me lo esperaba. Yo me quedé a dormir en casa de mi amá para llegar temprano a mi trabajo el día siguiente y Rodrigo no estaba, había salido con sus amigos. De pronto se abre la puerta de su cuarto y sale otro de sus amigos en pijama y con cara de quien se acaba de despertar (a las 9 de la noche). Entonces me enteré que tenía como tres semanas viviendo ahí porque también tronó con la novia y, como la fulana vive en la misma unidad que su mamá, él no había querido irse a su casa y mejor se instaló con mi brother.
Así pues, es oficial. Mi bro tiene la actitud generosa para ayudar a cualquier cuate en desgracia, y lo mejor de todo es que sus amigos no tienen que pagar las sumas estrafalarias que cobran organizaciones como Oceánica, jajajajajaja.
Mi pobre madre, que siempre nos inculcó la generosidad y la hospitalidad, ahora seguro que se da de topes por tanto visitante inesperado, pero ni hablar. Su única esperanza sería cobrar una cuota de hospedaje y terapia, jajajajajajaja.
Y bueno, el depa no es muy grande, pero aún quedan un sofá, un catre y una cama libre... ¿algún interesado?
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